—Sobre todo cuando tengo razón en lo que te digo, ¿eh?—contestó don Alejo alegremente.
—Con razón ó sin ella—replicó el seminarista volviendo á fruncir el entrecejo,—no recuerdo haberle faltado á usted jamás á la consideración que le debo.
—¡Claro que no, hombre!—se apresuró á decir el cura.—Si todo esto es una pura broma. ¡Bueno eres tú para faltar á nadie, con canas y sin ellas!...
—¡Repito que no le he faltado á usted nunca!—insistió Marcones picado con la ironía de don Alejo,—y mucho menos en esta ocasión en que seguía pacíficamente mi camino.
—Vamos, tú quieres decirme que he sido yo quien te ha puesto en trance de pecar, tirándote de la lengua. Pues dilo, hombre, dilo claro: con eso podré yo decirte á tí que te equivocas de medio á medio, y que el diablo me lleve si tuve otro intento, al detenerte, que el de echar un párrafo contigo y hacerte una pregunta que se me puso entre los labios en cuanto te columbré desde aquí.
—Y ¿qué pregunta era ella, si se puede saber?—interrogó el seminarista, poniéndose en guardia, como se pone un jabalí en cuanto oye el menor ladrido.
—¡Vaya si se puede saber!—respondió el cura con la mayor inocencia.—Lo malo es que, como no está el horno tuyo para rosquillas, según tú mismo has confesado, sabe Dios cómo me la tomarás.
—Pues supóngase usted—dijo Marcones apresurada y fogosamente,—que no hay tales rosquillas ni tal horno, y que ahora tengo yo grandísimo empeño en que se me haga esa pregunta.
—¿Sí?—saltó el cura muy ufano.—Pues por el antojo no habías de malparir si fueras embarazada antojadiza. Allá va la pregunta... Pero mira que no lleva otra malicia que la que tú quieras darla. Es cosa corriente en el lugar, que andas en la casona empeñado en una gran obra de misericordia...
—¡Falso!—bramó Marcones, lívido de ira y mirando al cura con unos ojos que parecían puñales.