Pero, en cambio, no le cabía á don Alejo la locuacidad en el cuerpo aquella tarde; y aunque no buscaba camorra ni cosa que se le pareciera, porque el tal clérigo era un bendito de Dios en toda la extensión de la palabra, le sobraban algunas en la boca, y de algún modo había de emplearlas.

Viendo, pues, venir al seminarista tan cabizbajo y tropezón, esperóle á pie firme.

—¿Vas enfermo ó qué te pasa?—le dijo en cuanto se le acercó.

—Y ¿por qué he de ir yo enfermo—respondió ásperamente el seminarista, alzando la cabeza y mirando con ferocidad al cura,—ni por qué ha de pasarme ninguna cosa?

—Hombre—replicó don Alejo,—mortales somos, y los sucesos de la vida no paran un punto ni siempre son de la misma traza. De todas maneras, no te enfades, que nunca se ofende al prójimo con un buen fin, como el que yo llevaba en lo que te dije... Te ví cabizbajo, te ví que tropezabas; y como tú sueles andar más derecho y pisar más firme por lo regular...

—Pues no me pasa nada ni estoy enfermo—dijo Marcones con señales de querer cortar con ello la conversación,—y se agradece el buen fin... Conque ¿manda usted otra cosa?

—¿Tan de prisa vas, Marcos, que te estorba un ratuco de plática?

—No siempre está el horno para rosquillas, señor don Alejo.

—¿No, eh? Pues cata ahí cómo no iba fuera de camino la pregunta que te enderecé... Tu dixisti, Marcos... «no siempre está el horno para rosquillas:» ergo algo le pasa al tuyo, cosa que me negastes de mal temple, como si te hubiera ofendido el supuesto.

—Á mí no puede ofenderme nada de lo que usted me diga, señor don Alejo—repuso Marcones esforzándose por despejar el nublado de su cara:—la corona y las canas le hacen merecedor de mi respeto...