Estaba visto: Inés adoraba en el santo, no á la persona, sino á los milagros que hacía.


XIV

EL CURA DE ROBLECES

Salió de la casona de Robleces el mocetón de Lumiacos con la obscuridad de una noche inverniza en la mollera, y el peso de una montaña sobre el corazón. La soberbia le impidió decir á su tía una sola palabra de lo que estaba pasando. Llevaba la cerviz muy humillada, tropezaba á menudo en los cantos de la calleja, brotaban sangre sus ojos, y era verde podrido el color de su cara donde no la cubría el negro sucio de su barba cerdosa.

Caminando de este modo, se encontró con el cura de Robleces, que venía de Los Castrucos. El cura de Robleces era uno de los pocos ejemplares que quedaban de aquellos presbíteros de misa y olla, como se dice por acá, ó de morral y gancho, como se los llama en Castilla. Con esto se entiende que el cura ya era viejo; porque han pasado muchos años desde que no se permite á un hombre «meter barba en cáliz», con sólo el estudio de un poco de latín; algo de Teología moral, según el padre Lárraga; un brevísimo examen de unas cuantas materias de clavo pasado, como de sacramentis in génere ó de sacramentis in specie, y traducir mocosuena un parrafejo del Breviario.

Ahora se hila de otro modo en la carrera; y por eso Marcones, que la seguía, miraba con alto menosprecio al párroco de Robleces. El cual párroco, lejos de ofenderse con las altanerías de Marcones, le buscaba la lengua muy á menudo para divertirse un rato con él, cantándole de paso grandes verdades. Porque es de advertir que el buen clérigo, cuanto más á viejo iba, más regocijado era de humor. Llevaba cuarenta años sirviendo aquella parroquia, y continuaba gastando, contra la nueva costumbre, zapato bajo con hebilla, medias negras, levita de largos faldones y sombrero de copa alta; por lo que también solía dispararse contra él el pedantón de Lumiacos. Ello era que, por fas ó por nefas, nunca se hallaban juntos el clérigo y el seminarista sin que armaran tiroteo entre los dos; y aunque casi siempre tenían la culpa de ello las intemperancias geniales de Marcones, en el encuentro mencionado hubiera fallado la costumbre precisamente por la banda del mocetón. ¡Tan cabizbajo iba, tan absorto en sus preocupaciones y tan inclinado á no distraerse con nada ni por nadie!