¡El destino de las criaturas! Por estas obscuridades se coló en el asunto, agarrándose á no sé qué asidero que le proporcionó la casualidad, ó que él inventó allí; porque no tiene duda que la monserga venía muy estudiada de Lumiacos. ¡El destino de las criaturas en el mundo! ¿De dónde venía? ¿En qué estribaba? ¿Á qué leyes estaba subordinado? ¿Quién era capaz de penetrar estos misterios? Y por aquí siguió largando preguntas que se quedaban sin respuesta. Acabando con lo vago y declamatorio, bajó á lo llano y concreto.—Él mismo, «con ser quien era,» no estaba bien seguro de no tropezar á la hora menos pensada con un obstáculo que le apartara de la senda que seguía. Era hombre, era barro, era frágil, era débil, y había estados tan perfectos, si no tan santos, como el del sacerdocio; él se hallaba á punto de recibir las primeras órdenes, es decir, de dar el paso para entrar en un terreno del cual no se puede salir ya tan libre é independiente como se entra en él... ¡Momento solemne y crítico! Esto le daba mucho que pensar. Cierto que, por entonces, en aquel paréntesis de su carrera (dispuesto quizás por la providencia de Dios) aún era libre, aún estaba en el mundo, aún era un hombre como todos los demás, aún era dueño de elegir, si el obstáculo se atravesaba, entre la Iglesia... y el matrimonio, por ejemplo, sin escándalo de las gentes ni menoscabo de la sana moral, puesto que ambos estados eran caminos abiertos por la misma ley de Dios para servirle y acatarle, según sus santos designios; pero ¿aparecería el obstáculo imaginado? ¿existiría alguno de esa especie, destinado para él? ¡Ah!...

Era dulce entonces el registro usado por el declamante, y, además, hacía éste largas pausas á menudo, y subrayaba ciertas frases con expresivos gestos. Inés le escuchaba sin pestañear y con las manos cruzadas sobre la mesa.

De pronto calló Marcones y se quedó mirando á Inés, con los ojazos muy lánguidos. Pero Inés no dijo una palabra, ni cambió de postura, ni dejó de mirar á Marcones, como si aguardara la continuación de la parrafada aquélla. Mas lo esperado no vino, y el silencio continuó un buen rato; hasta que le rompió Inés con esta pregunta en crudo:

—¿Qué viene á ser un obispo?

No esperaba el sobrino de la Galusa la salida de Inés por aquella puerta tan extraña: empañóle una oleada de bilis el blanco de los ojos y el rojo sucio que le matizaba entonces los mofletes; frunció el ceño peludo, y respondió con voz áspera y una sonrisa que temblaba de falsa:

—Pues un obispo, viene á ser... un cura que llega á general.

—No iba yo por ahí—replicó Inés riendo el chiste con la mejor buena fe.—Quería yo saber qué hace; si manda más ó menos que el rey; qué honores tiene... vamos, no sé explicarme.

Marcones satisfizo como mejor pudo los deseos de Inés. Enterada ésta, dijo á Marcones con un acento y una expresión de mirada que eran un reguero de candor:

—¡Qué suerte para usted si llega á ser obispo! ¡Cuánto me alegraría!

Estas palabras dejaron atolondrado á Marcones. Hacerle capaz de tal ascenso, y deseársele, valía tanto como desestimar su intencionada peroración sobre «el destino de las criaturas en el mundo,» y aun algo peor que todo esto: la ocurrencia franca, sincera, evidentemente inocentona de Inés, daba la medida de lo que había adelantado el galán de Lumiacos en la conquista de la dama de Robleces, con todo el lujo de seducciones que había despilfarrado durante un mes de incesante batalla. ¡Ni un solo paso!... ¡Y él que se había creído encaramado en la muralla, y hasta con una patona dentro de la fortaleza!