Era muy dado Marcones á esta palabrería gerundiana, y se le escapaba de los labios en cuanto quería afinar un poco el estilo, elevándose hasta el púlpito con que había soñado. Lo advierto porque no se me pidan cuentas de pecados que no son míos. Y ahora añado que tras estas generalidades... híspidas, salía á relucir lo particular, la punta de la oreja, el caso práctico de la vida, el ejemplo, algo forzado, de los riesgos de una elección desacertada; el paralelo entre la existencia de dos esposos nacidos para serlo, y la de otros dos, «vil gusano» él, y mártir de sus equivocaciones ella; disertaciones, en fin, sobre temas esbozados en conversaciones de los primeros días entre Inés y el preopinante.

Para estos puntos concretos, Marcones usaba los registros más dulces de su temperamento: atenuaba la voz, desplegaba la sonrisa, armonizaba con la suavidad de la frase el mirar de los ojos y hasta los dobleces del cuerpo entre la silla y la mesa. Inés le atendía en estos casos muy complacida; y si él, por saborear el triunfo ó por tantear el terreno, se callaba, ella se atrevía á excitarle para que siguiera hablando. Y esto, que tanto halagaba al mocetón de Lumiacos, era precisamente lo que le perdía. Creyéndose á dos pasos de la cumbre de su montaña, daba ya por logrado aquel premio de su valentía; y no sólo le aquilataba en las mientes, sino que sentía todos los espantos de perderle y todos los odios contra el azar que se le entregara á otro sér más afortunado. Y como esto le embravecía de repente, volvía á esgrimir el chafarote contra fantasmas y vestiglos, y salían de nuevo á danzar los gusanos viles, el diente ponzoñoso y el hombre único «de corazón honrado y de inteligencia luminosa.»

Y este registro ya no deleitaba tanto á Inés, que no por eso dejaba de admirar el mucho saber de aquel mozo.

Pero el hecho era, y hecho evidentísimo, que Inés, desde que estaba sujeta á aquellos deberes de educanda, iba transformándose á ojos vistas. Tres semanas después de haber comenzado sus lecciones, no la conocería el lector que la vió en la antevíspera de esos comienzos, entrar en la cocina de su casa, levantar los peces por la cola, y limpiarse los dedos en el vestido. Ya no tenía las uñas negras, ni el pelo mal recogido, ni la ropa desceñida, ni los pies mal calzados; andaba con soltura, pisaba firme, miraba con valentía; se peinaba con esmero; se ajustaba la cintura, con lo que destacaban en toda su belleza las redondeces del busto; se calzaba bien, y tenían su cara, sus manos y su cuello esa suavidad y pureza de tonos que da en unas carnes túrgidas y juveniles, el vicio del aseo, el cual se revelaba, como un toque muy expresivo del cuadro general, en la fresca blancura de los asomos de su ropa interior, por las bocamangas y el escote de su vestido de indiana.

Esta transformación que asombraba á la Galusa y sorprendía á su amo y enorgullecía á Marcones, era, sin embargo, la cosa más natural en una mujer de las condiciones fisiológicas de Inés, aunque de otro modo lo entendiera el seminarista, por un error que no carecía de disculpa racional. Era innegable que el sobrino de la Galusa tenía gran parte en aquel principio de resurrección física y moral de la guapa muchacha de Robleces; pero la tenía como la tiene el golpe casual que quiebra el pomo, en la fragancia que esparce el líquido derramado. En no estimar esta diferencia consistía el disculpable error de Marcones.

En una mente en que hay luz, como la había en la de Inés, aunque mortecina por abandono, una idea nueva es aire oxigenado que aviva la llama, é imán poderoso que va atrayendo otras muchas, enlazadas entre sí como eslabones de una cadena. La conversación del seminarista recién llegado á Robleces con la carga de sus malas intenciones, bastó para producir en la descuidada muchacha la tentación de comparar su absoluta ignorancia con lo que ella tenía por sapiencia del pedantón de Lumiacos; el deseo de saber algo, y la noción, á veces, de su inútil y abominable dejadez. Pero las conversaciones que producían estos efectos, no eran muy frecuentes; y no siendo continuas las impresiones, triunfaban de ellas todavía los resabios inveterados, dueños y señores de aquella naturaleza inculta. Las lecciones diarias la fueron cautivando la atención y moviendo la curiosidad; y si no aprendía grandes cosas, averiguaba al menos que podían aprenderse. Iba sabiendo, por algo que se la decía y por lo que ella preguntaba con su buen sentido natural, que sin salir de Robleces se podía tener una idea de lo que eran el mundo y el sol y las estrellas, y por qué leyes se regían, y de lo que había acontecido en la tierra desde su creación acá; porque había libros que trataban de eso, y eran conocidos hasta de los muchachos de la escuela, como los conocería ella si su profesor le cumplía la palabra que le había empeñado «para más adelante.» Por de pronto, se consagraba con gran empeño á mejorar la letra y aprender bien la tabla de multiplicar y las cuatro reglas de la aritmética, lo cual iba consiguiendo poco á poco, y á ejercitar la memoria, por exigencia propia, con aquellas definiciones de la gramática, calificadas de estúpidas por su profesor, cuyo sistema de enseñanza, en este punto concreto, no la satisfacía enteramente, porque no la fijaba reglas para resolver ella las dudas por sí sola.

Jamás la dieron en cara sus uñas negras ni sus dedos manchados de tinta, hasta que tuvo que poner su mano, en la primera lección, tan á la vista y tan cerca de un extraño y por tan largo tiempo; y eso que las uñas y las manos de Marcones no estaban más limpias que las de ella; pero era mujer al cabo; y en la mujer, por indolente que sea, siempre hay una presumida, más ó menos á las claras. Con el vestido lacio y el pelo mal recogido, le sucedió lo propio que con las uñas negras y las manos sucias. Un día se peinó con esmero, se lavó despacio y se ciñó bien las ropas de cuerpo. Encontrándose así más á gusto y viéndose más guapa en el espejo, al día siguiente se lavoteó mucho más, se peinó todavía mejor, y sustituyó el vestido viejo y resobado, por otro más limpio y fresco. Y como cuanto más se lavaba y se componía, más guapa se veía y más ágil se encontraba, el vicio de la compostura y de la limpieza la iba dominando; y llegaron á darla en cara los suelos mal barridos y nunca fregados, las mesas empolvadas y las sillas fuera de su lugar. Ordenó, pues, las sillas, barrió los suelos, despolvoreó las mesas, y hasta juzgó de suma necesidad dar un fregoteo bien apretado á todos los suelos de la casa. Por este mismo sentimiento de la limpieza ó de otro más hondo muy emparentado con él, no volvió á consentir que Marcones agarrara su mano para enseñarla á correr la pluma sobre el papel, ni que se pusiera tan vecino á su costado para apuntarle las palabras con el dedo. Verdad que á Marcones le sudaba la mano y le olía muy mal la ropa; pero mucho influía en las nuevas repugnancias de Inés algo que no se olía ni se palpaba, aunque la inexperta muchacha no se diera cuenta de ello. Disculpaba su resistencia á aquella costumbre con el deseo de adelantar más, venciendo la torpeza por sí sola; y de este modo no tenía por qué ofenderse Marcones, siempre atendido y mimado, en todo lo restante, por su candorosa discípula.

Ya no creía que puesta de pie sobre la cumbre más alta de la cordillera de enfrente, tocaría las nubes con la cabeza; ni que las estrellas eran luces que se encendían por la noche y se colgaban de la bóveda celeste: Marcones la había apuntado algunas ideas sobre éstos y otros particulares de tejas arriba; ni tampoco le bastaba para campo de sus imaginaciones el que abarcaban sus ojos desde la solana: por el contrario, se entretenía mucho trasponiendo en espíritu las cumbres y forjándose castillos con lo que imaginaba más allá; y sin querer decir esto que lo echara muy de menos, ya no le parecía imposible que en aquellas lejanías hubiera alguien que pudiera sospechar que en el caserón de Robleces existía un sér que se entretenía pensando de aquella manera. En fin, que la máquina de sus ideas había roto á andar, y que andaba, si no á gran velocidad, á paso firme y seguro. Y andando la máquina de las ideas, el cuerpo no puede resistir la quietud infecunda; y por esta ley, el de Inés no se satisfacía ya con los bamboleos maquinales en la silla de la solana: comenzaba á parecerle poco el caserón con sus techos llenos de telarañas, sus enseres de cocina mal bruñidos, sus camas embarulladas, sus rincones con basura, sus muebles envejecidos y bisuntos, y la ropa blanca con hilachas y agujeros, para emplear los bríos con que se sentía para moverse, y las inclinaciones que la empujaban á limpiar lo sucio, á coser lo roto y á ordenar lo desordenado; y sin el miedo á despertar los dormidos odios del ama de gobierno, ¡sabe Dios hasta dónde se hubieran extendido las fronteras de su imperio en aquella casa!

¡Y todo esto en poco más de tres semanas, y fruto de la labor revolucionaria de cuatro ideas incompletas, metidas de golpe en una cabeza medio á obscuras!

Estando así las cosas, fué cuando Marcones tuvo con su tía la entrevista de que se ha dado cuenta minuciosa en el capítulo precedente. Creciéronle las fogosas impaciencias con el estímulo de la conversación, y en la lección inmediata se propuso meterse un poco más en la suerte, para ver si era llegada la hora de echar á la lumbre el medio balandrán que ya se le caía de los hombros.