—Se conoce—respondió Marcones,—se conoce... en todo: por de pronto, en que, si la suprimimos, todas las que la acompañan ya no quieren decir nada; después, en lo mucho que pueda variar... hago, harás, haríamos, hicimos... De modo que el verbo es la palabra que más varía.

—Entonces—se atrevió á observar Inés,—también es verbo esta otra.

—¿Cuál?

—Ésta: «la.»

—¡La verbo!...

—¡Como también varía!...—dijo la pobre muchacha para disculpar su atrevimiento.

—¿Á ver?

—Creía yo que de su casta eran los, las, lo, les, y que esto era variar...

—¡Y sí que son de su casta, y que eso es variar!—replicó Marcones después de rumiar bastante el reparo.—Sí que es variar eso; pero de muy distinta manera que el verbo: eso solamente varía en género y número, al paso que el verbo varía en tiempo... y ¡en qué sé yo cuántas cosas más! En fin, ya irá usted enterándose poco á poco de estas diferencias. Por ahora, puede usted creer, bajo mi palabra, que en este trozo de esta definición... estúpida, el verbo es hacemos, y que no hay otro verbo más que él ahí.

Este era el procedimiento de Marcones en sus enseñanzas teóricas; y uno muy semejante también el que usaba en aquellas homilías de que ya se habló y continuaba predicando siempre que podía interpolarlas con sus lecciones prácticas y teóricas. Según estas peroraciones, todo el mundo era una sentina de maldades, y todos los hombres, particularmente los solteros, unos pillos. Felizmente había un puñado de excepciones honradas y con bastante luz en la inteligencia, no sólo para distinguir la zizaña en medio del trigo, sino para enseñar á distinguirla y á separarla á las vírgenes inexpertas, dotadas, por la naturaleza y la fortuna, de todas las prendas que más excitan los «apetitos infames de esos gusanos viles.» Pero las excepciones honradas, con ser muy pocas, estaban diseminadas por toda la tierra; y resultaban tan invisibles, que él, con todo el afán que sentía por descubrirlas y lo diestro y sutil que era de mirar en el fondo de los hombres, no había podido dar todavía más que con uno. La modestia no le permitía decir á Inés quién era ese hombre único «de sano corazón y de inteligencia luminosa.» Pero la consolaba con la promesa de que no la escasearía sus beneficios desinteresados, fuera él quien fuese; y la seguridad de que podía dormir tranquila, sin el recelo de que la faltara defensa contra el «diente ponzoñoso de los viles gusanos.»