Y luégo añadía muy indignado:
—¿Es usted capaz de conocer un verbo por estas señas que convienen á tantas cosas que no son verbos?
Inés contestaba honradamente que no.
—¡Claro!—exclamaba el otro, haciendo temblar las paredes con el estruendo de su voz.—¿Cómo ha de conocerse nada de este mundo con esa manera... estúpida de definir?... ¡El verbo no es eso! ¡El verbo, verbum de los latinos, es otra cosa muy diferente de lo que se dice aquí sin saberse lo que se dice! ¡El verbo no es lo que se declara en esta definición... estúpida! ¡El verbo es lo que yo me sé y lo que irá usted aprendiendo por las señales que yo le vaya dando! ¿Me ha entendido usted bien?
—Muy bien,—respondía la muchacha, sin dudar que aquel mozo sabía más que todos los libros de que la hablaba.
—Pues verá usted ahora lo que es un verbo—añadía Marcones arrimándose al costado de Inés todo lo necesario para que ésta distinguiera bien la palabra que él apuntaba con el dedo en el libro que la ponía sobre la mesa, debajo de sus ojos,—y va á servirnos para el caso un trozo de la misma definición... estúpida que acabo de leer... Este: «la afirmación ó juicio que hacemos de las cosas...» ¿Cuál de estas palabras es el verbo?
Inés, que no entendía de fingimientos, respondía sin titubear que no lo sabía.
—¡Pues es claro que no lo sabe usted! ¿Cómo había de saberlo si aún no se lo he enseñado yo? Pues el verbo es esta palabra: «hacemos.»
Y la ponía el dedazo encima, mientras con el brazo izquierdo resobaba el derecho de Inés.
—Y ¿en qué se conoce?—preguntó ésta, apartándose un poco hacia el lado opuesto.