Y la curva, después de culebrear por los espacios del centro, se coló por un ángulo, y acometió á los márgenes, y los fué recorriendo uno por uno hasta llenarlos de lazos y caracoleos; y sólo cuando la superficie entera del papel fué una mar de tinta, soltó Marcones la presa. Entonces aparecieron cárdenos y como adheridos al mango de la pluma, los primorosos dedos de la discípula, y los ojos de su maestro echando llamas.
Tal fué la primera lección. Las ocho ó diez siguientes fueron por el estilo; porque Inés no acababa de soltarse á rasguear por sí sola con la valentía y la firmeza necesarias, y su maestro no quería pasar á un nuevo trámite sin dejar bien asegurado el anterior.
La escuela se estableció en un cuarto, que en la ciudad se llamaría gabinete, con entrada por la sala y frontero á la pieza en que conversaron sobre el tesoro oculto don Baltasar y el médico.
La Galusa, desde que comenzaba cada lección, se plantaba delante de la mesa con el sucio mandil recogido en la cintura; los brazos, resecos y chamuscados, al descubierto; la mano derecha sosteniendo la quijada del lado correspondiente, y la izquierda el codo de aquel brazo. Con los ojuelos, algo pitarrosos, seguía los movimientos de la mano de Inés, y con una madeja de arrugas pardas, que es lo que venía á parecer una sonrisa de su ancha boca desdentada, y media frase mal hecha, pronunciada con su voz ronquilla, celebrabra las habilidades de su sobrino ó los progresos de la discípula; pero en cuanto la torpeza de ésta exigía la intervención material de la mano del maestro, ya se sabía: á la Galusa siempre le caía algo que hacer fuera del cuarto.
—¡Vaya que es ocurrío el dimoño de muchacho!... ¡Te digo, hija, que si no aprendes con él lo mucho que no sabes!...
Y se largaba de allí sorbiendo la moquita y arrastrando las chancletas.
Á don Baltasar, después del comienzo de la primera lección á que asistió por curiosidad y de mala gana, no volvió á vérsele por la escuela. Alguna vez pasaba por enfrente, atravesando la sala y golpeando sus tablones con el trasto que llevara en la mano; pero sin fijar la atención en lo que hubiera en el gabinete, cuya puerta ¡eso sí! estaba siempre abierta de par en par.
Llegado el caso de acompañar á las lecciones de escribir otras de un poco de gramática, Marcones, con las propias miras, quiero decir, con las de que se grabaran en la mente virgen de la educanda más imágenes del profesor que textos descarnados del libro, comenzó por echar pestes contra todas las gramáticas publicadas y sin publicar. En ninguna de ellas había cosa con arte ni sentido común.
Por ejemplo:
—«Verbo»—leía Marcones en el librejo que tenía entre manos y que era de su propiedad,—«es aquella parte de la oración que sirve para significar la afirmación ó juicio que hacemos de las cosas y las cualidades que se les atribuyen.»