Y Marcones se veía entonces precisado á colocar, con sus propios dedos, todos los de la mano de Inés, uno por uno, como debían colocarse. Pero esto no bastaba, porque la discípula, acostumbrada á otra postura muy diferente, con la nueva no acertaba á mover la mano.

—¡Adelante con ella sin miedo!—decía el maestro moviendo la suya en el aire, como si rasgueara allí.

Y nada: ó no se movía la mano de Inés, ó si se movía, era para clavar los puntos en el papel y largar una hisopada de tinta hasta la pared frontera.

Con lo cual, hete aquí á Marcones obligado á agarrar y conducir, con su manaza velluda, la suave y torneadita de la torpe muchacha.

—¡Bien suelta la muñeca ahora!... ¡En el aire todo el brazo desde el codo!... ¡Que vaya la mano por donde quiera llevarla la mía!... ¡Ajajá!... ¡Eso es!

Y mientras así exclamaba Marcones, arrastraba aquel pedazo de hermosura, tibia y sedosa, por la blanca superficie del papel, en la cual iba quedando estampada una curva de rumbos infinitos, tan pronto panzuda y rebosando de tinta, como extenuada y sutil hasta tocar en lo invisible; no de tan firme trazo ni tan limpia de rebarba como las que rasgueaba el pendolista solo y sin que le temblara la mano; pero lo bastante pintoresca para que Inés, al considerarla maravilla de su pluma, se riera como una boba. Con aquella risa de la educanda se animó el profesor, y la curva continuó serpeando y enroscándose por todos los espacios limpios de la plana, arriba y abajo, adelante y atrás.

—¡Que se me duermen los dedos!—dijo al fin Inés, conteniendo la risa.

—No importa,—respondió Marcones sin cejar en su empeño.

—¡Es que me aprieta usted mucho!—añadió la discípula menos risueña ya.

—¡Hay que hacerse á todo!—insistió el inexorable maestro.