Y con esto se fué la Galusa hacia la cocina, mientras su sobrino enderezaba los pasos á la escalera.
XIII
LA OBRA DE MARCONES
En la misma sencillez del plan de enseñanza establecido por Marcones y aceptado por Inés, estaba la condición que más honraba al ingenio del seminarista, tan interesado en que fueran entrando en la desprevenida inteligencia de la discípula, mayores cantidades del maestro que de las materias que éste le explicara. Ya se ha dicho que la hija de don Baltasar Gómez de la Tejera escribía desastrosamente, y bien puede afirmarse en esta otra página, sin faltar á la verdad, que aún lo hacía mucho peor que eso. La pluma era una estaca entre sus dedos encogidos; y mientras la estaca subía ó bajaba á empujones, de la línea trazada en el papel, la pendolista hacía embudos con los labios y entornaba y revolvía la cabeza. De esta labor penosa resultaban letras mal avenidas y deformes, una vez apiñadas y medio embebidas las chicas en las grandes, porque había de todo en cada palabra, y otra vez danzando por los aires sin cuenta ni razón; y á cada palitroque hacia arriba ó hacia abajo, allá va un borrón como una oblea, y allá va en seguida Inés á limpiarle con el dedo mojado en la lengua. Daba compasión una plana de aquel arte.
Cabalmente era Marcones un gran pendolista, y rasgueaba con el desembarazo de un adornista de planas de Navidad; y poseyendo este talento, fuera por lucirlo ó por probar el temple de su arma, al modo que lo hace el espadachín de academia con el acero que recibe para entrar en un duelo... de salón, antes de dar comienzo al primer ejercicio trazó con la pluma, sin levantarla del papel y con el brazo al aire, el nombre de Inés envuelto en un laberinto de espirales y emparrillados que arrancaban de la misma letra inicial. Inés se quedó maravillada. Pues bien: lo notó el pendolista; y en lugar de volverla á palotes para comenzar por el principio, trámite en que él no podría lucirse gran cosa, la dedicó al rasgueo continua para vencer sus resabios de escuela y dar la necesaria soltura á su mano. La discípula lo celebró en el alma y puso los cinco sentidos en ello. Pero no daba golpe.
—¡No es así! ¡No es así!—la decía Marcones al ver cómo ensuciaba carillas de papel con unas cosas que parecían madejas enmarañadas de sogas viejas de esparto.—Lo primero, aprender á agarrar la pluma... ¡Nada de encoger los dedos ni de emplear los cinco á la vez! Con tres hay bastante si se colocan como se debe. Los otros dos, para apoyo de la mano. Vamos á ver si se me ha entendido... ¡Tampoco es así!