—¿Qué más quisiera yo, rayos y centellas!... Pero ¿cómo? ¿No sabe usted que yo no soy un mozo soltero como todos los demás? ¿que entro en esta casa como un seminarista en vacantes, á enseñar á la hija de su padre lo mucho que ignoraba?... ¿que con este ropaje que visto no puedo llamar á las cosas por sus nombres, y necesito una eternidad de tiempo para no echar á perder lo que, en otras condiciones, daría yo por acabado en pocos días? ¡Ah, si yo pudiera vestirme de colores y echar á la lumbre el medio balandrán que tanto me pesa!
—¡Pues échale, alma de Dios!
—Tras de ello ando; pero muy poco á poco, para no dar el golpe en falso. Á veces creo que ya es hora, por ciertas señales; pero luégo pienso de otro modo; y para asegurarme más, lo aplazo para otro día. Y así estoy consumiéndome la sangre, asándomela, mejor dicho; porque ha de saber usted también, que desde que veo á esa muchacha tan limpia, tan peripuesta, tan alegre... tan realísima moza, me llevan los demonios hasta con el aire que se le enreda en el pelo y las moscas que se la ponen encima... ¿Me va usted entendiendo ahora mejor?
—¡Vaya si te voy entendiendo!... Sólo que no tengo los recelos que tú, porque la cosa marcha en el aire. Pero, por si acaso, no eches en olvido lo que te dije. Espéralo todo de ella... ¡y aprieta de firme ahí! Por lo demás, y si á recelos fuéramos, uno bien gordo podía yo tener...
—¿Cuál?
—Pos el de que tú no pescaras la breva que buscas, y perdiera yo la que tengo bien ganá.
—¿Cómo, cómo?
—¿Cómo? Llegando Inés á crecerse tanto, que tú le paecieras poco, y quisiera ser ama de su casa. ¡Y mira que ya no puedo contar con aquel arrimo que en otros tiempos me puso aquí por encima de la madre que la parió! Tú lo has dicho, Marcos: dende estonces acá, han corrió muchos años, y con los años cambian las gentes y se mudan los gustos... ¡Pos mira que tendría que ver!
—¡Bah, bah, bah!... No hay que hablar de eso—concluyó Marcones bamboleando el corpazo y revolviendo el aire con las manos abiertas.—Las cosas van como una seda, y esa es la que vale... Hoy por hoy, Inés es prenda mía... ¡mía!... ¿lo entiende usted bien? y en buenas manos está.
—¡Dios te oiga, hijo; Dios te oiga, porque güeña falta nos hace!