—Y ¿qué respondía ella?—preguntó aquí Marcones, en cuya caraza estaba pintada la convicción de que él valía todo aquello y mucho más.

—Aticuenta que ná, y aticuenta que mucho—dijo la Galusa.—Ná, porque fueron pocas sus palabras; y mucho, porque toas ellas fueron un puro amén; y más entoavía que por esto, por aquel mirar de ojos dulces, y aquel reir de boca placentera... y hasta aquel sospiro temblón con que escuchaba sin perder tilde todo lo que yo la iba pedricando.

—¿Sabe usted una cosa, tía?—volvió á preguntarla Marcones, después de permanecer un rato en silencio con la cabeza medio inclinada, una mano en la sobarba y los ojos muy abiertos.

—Tú dirás, Marcos,—respondió la Galusa arrimándose más á él.

—Pues digo que, á veces, tengo algo de miedo á mi propia obra.

—¿Por qué, hijo?

—Porque usted no sabe los peligros que se corren en meter de repente en una cabeza tantas luces como he metido yo en la de Inés, cuando se quiere que esa cabeza no suelte el freno que uno le pone para gobernarla.

—No te entiendo.

—Quiero decir que cuando más se espabila un entendimiento, más se aficiona á discurrir por su cuenta propia; y discurriendo mucho de este modo, más deseos hay; y habiendo más deseos, más se comparan las cosas; y comparándolas, no se toma lo que se nos da, sino lo que escogemos nosotros... En fin, yo me entiendo. Pero no quiere esto decir que hasta la fecha tenga yo el menor motivo para temer que se me quede la obra entre las manos, hecha trizas; ya le he dicho á usted que no puede ir el asunto mejor de lo que va. Lo que temo es por el día de mañana, si no conjuro los peligros hoy.

—¡Pues conjúralos, hombre!