—Pues todo lo demás corre de mi cuenta.
—¿Y qué tal marcha la cosa, qué tal?
—Como una seda, tía... ¡como una seda!... ¡le digo á usted que como una seda! Inés ve por mis ojos, discurre con mi entendimiento, y no pisa otro camino que aquél por donde yo quiero llevarla.
—¿Y la has dicho ya algo por onde pueda leerte la voluntá?
—Me voy dejando caer siempre que lo pide el caso.
—Y ¿qué tal, qué tal lo recibe?
—Como una seda, tía... ¡lo mismo que una seda!
—Pos eso es lo prencipal... Yo, bien lo irás notando, poco vos estorbo con la presencia...
—Sí; pero eso no basta: hay que seguir avivando el fuego que queda encendido en ella cuando yo me marcho.
—En eso estoy, Marcos; y bien sabes que lo hago los más de los días, y que si no lo hago en todos, es porque no la suspenda el machaqueo. Ayer, sin ir más allá, ¡qué cosas la dije en un ratuco que se me vino á las manos! «¡Vaya, que buena estrella te alumbró,» la dije yo así, «el día en que el mi sobrino se nos coló por esas puertas! Estabas hecha una venturá y como un palomino á oscuras, y en un quítame esas pajas te güelve ese Merlín de Satanás lo de arriba abajo, como el otro que dice, y te hace otra mujer de la que eras, y toda una señora como lo debías de ser... ¿No paece que hablan ángeles por su boca cuando te pedrica lo que quiere enseñarte, y que lleva un hechizo en la mano cuando pinta aquellas escrituras que imitas tú tan guapamente? Pos esto, hijuca, se puede estimar en lo que vale, porque á la vista está; pero ¿qué te diré yo de lo que anda enculto y en los adrentos de la persona? ¿Cómo te emponderaré lo que no has podío ver entoavía? ¿Qué alabanzas serían bastantes pa poner onde se debe aquel sentir cariñoso; aquel corazón de perlas, que de tan grande como es no le cabe entre pecho y espalda, y aquella santidá de prencipios que le consume y desmejora apurándose lo que no debe por el bien de los demás?... ¡Si te digo, Inés, que en ocasiones miles me entran como pesaumbres de verle tan tirao por la Iglesia, al hacerme el cargo de lo mucho que escasean en estos tiempos los buenos mandos y los padres de familia como debieran de ser! ¡Dios sabe lo que se hace; pero á mí no hay quien me saque de la cabeza que no tendría que envidiar cosa anguna á la princesa más relumbrante, la mujer que alcanzara la suerte de un hombre como el mi sobrino!...» Y así, por este arte, fuí pedricando y pedricando...