Con esto, chasqueó los dedos don Baltasar; hizo una zapateta delante de la criada, trémula de ira, y se largó de allí arrastrando la escoba que llevaba en la mano.

No le contó la Galusa todo esto á su sobrino; pero le dijo sobre ello algo que debía saber, para tenerlo muy en cuenta.

—Yo no sé—le dijo entre otras cosas,—qué es lo que le pasa á ese pícaro de hombre de un tiempo acá. Antes era un borrego para mí; y sin dejarse llevar en todo por onde yo quesiera llevarle, tampoco se empeñaba en arrastrarme consigo contra mi gusto... Pero ahora, hijo del alma, ¡ya te quiero un cuento! Se da á la burla y al chungue cuando le hablo de lo que no quiere oir... y gracias que se conforma con eso... ¡Ay, Marcos, qué otra era yo en esta casa en aquellos días de la difunta, y hasta en algunos más cercanos! ¡Cómo me contemplaba el endino y me buscaba el buen gesto, y qué recio tosía yo delante de él!... Pero, hombre, ¡si fué ayer, como quien dice, cuando entoavía supe arrancarle esos cuartos pa la tu carrera, que era punto más que tocar el cielo con las uñas! Cierto que ya por entonces me costaba un triunfo lo que antes conseguía yo con sólo un mirar de los ojos; pero ¡tanto como esto de ahora!... Porque la cosa va empiorando de día en día... ¡Y tengo que andar con un tiento!... Á veces pruebo á enfadarme: pior que pior... ¡Cristo del alma! no digo yo que enfadarme, con sólo ponerme josca en tiempos de la difunta... y algunos de más acá, ¡cómo le abajaba los humos al arrastrao, y qué blando me miraba... y qué!... Pero, hombre, ¿en qué consisten estas cosas?

Marcones, que escuchaba á su tía con mal ceño y mucha atención, la respondió al punto:

—En que desde esa difunta acá, han pasado muchos años, tía; y con los años, que todo lo consumen, van cambiando las personas hasta en estampa; y con las personas y las estampas, los pareceres y los gustos y los deseos; y lo que ayer se apetecía por sabroso, hoy se aborrece por insípido; y el que antaño era mozo de correa, ogaño es un vejancón que no puede con las bragas...

—Y mira que bien puedes estar en lo cierto, Marcos; que ya me iba yo barruntando algo de ello por más de cuatro señales... Pero á lo que te voy: por éstas y otras, no hay que fiar cosa alguna de ese hombre pa el asunto que traes entre manos.

—Que traemos.

—Sea como mejor te paezca. Y dígote, Marcos, que te andes con mucho tiento en el particular; que no rastree ese... mal alma, ni una pizca de cubicia en tí... Tú no eres pa él más que un mozo agradecío que paga parte de lo que debe al padre, con el beneficio que hace á la hija. ¿Te vas enterando?... ¡Y golpe á la hija... que quiera que no! Porque si de ella no sale, no hay otra puerta á que llamar.

—¿Responde usted de que no se me cierren las de esta casa?

—De eso creo que sí, si tú te mantienes en el ten con ten que te he dicho; porque él es gustoso de que sigas desasnando á Inés.