—¡Ojos que le ven á usted!—díjole cariñosamente la garrida muchacha al entrar.—¿Qué ha sido eso? ¿Por qué ha estado usted tantos días sin venir?

Incorporóse poco á poco el de Lumiacos, sin sacar las manos de los bolsillos ni levantar mucho la cabeza, pero asestando á Inés por debajo de las cejas cada mirada que parecían otros tantos mordiscos de los que no arrancan la tajada; y con voz algo temblona respondió:

—He estado un poco enfermo: ya lo mandé á decir...

—Es verdad—replicó Inés muy afectuosa,—¡y bien que lo hemos sentido! Pero como al mismo tiempo nos decía usted que no había sido cosa mayor... Vamos, que con un poco de voluntad... ¡perezoso... más que perezoso!

El reprendido tragó de una sola aspiración, que le refrigeró el pechazo, todas aquellas tentaciones que esparcía su rozagante discípula al echarle esta reprimenda de mentirucas; y arrimándose á la mesa, enfrente de la silla en que acababa de sentarse Inés, dijo, amortiguando la mirada y compungiendo la voz:

—Como yo no podía... ni debía sospechar que se me echara aquí de menos por nadie...

—Pues se le echaba á usted—insistió Inés en el mismo tono regocijado y sinceramente cariñoso, mientras sacaba de su cartapacio unos papeles.—Y si se me hubiera cumplido la palabra que se me tiene dada, yo no sé cuántos días hace—añadió sonriendo y mirando al de Lumiacos con un poco de malicia,—de prestarme ciertos libros de historias muy divertidas, mejor hubiera entretenido el tiempo de la espera.

—No he olvidado lo que prometí—respondió Marcones á la indirecta;—y esos libros estarían aquí hace días, si yo hubiera creído que era ya hora de leerlos... Yo no me olvido de nada, Inés, ¡de nada!... Y crea usted que, á veces, me valdría más tener menos memoria de la que tengo.

Esto lo soltó Marcones en un rasgo declamatorio con dejos de amargura; pero como Inés no estaba todavía en aptitud de estimar por toques y matices de artificio las segundas intenciones, respetando á la buena de Dios el gusto que se encerraba en aquellas palabras, las dejó pasar sin meterse para nada con ellas.

—Pero aunque no he tenido historias divertidas que leer—dijo en cambio y siguiendo puntualmente, eslabón por eslabón, el encadenamiento de sus ideas,—y me han faltado las lecciones de usted, no por eso he dejado de aprovechar el tiempo. ¡Vea usted, vea usted si he trabajado!