Y alegre como unas pascuas, comenzó á tender, una á una, sobre la mesa, todas las planas que había escrito; después abrió el cuaderno de cuentas por las hojas en que estaban las que no conocía su profesor, y, por último, le señaló en los respectivos libros lo que de gramática, de historia y de geografía se había aprendido de memoria.
Marcones sacó perezosamente las manos de los bolsillos, cogió unas cuantas planas, las miró un instante con ojos desanimados, y las arrojó en seguida sobre la mesa.
—¡Y para qué?—murmuró al mismo tiempo en tono lúgubre y como si hablara para que nadie le oyera.—¡Si esto, que era antes mi orgullo, ha venido á ser mi martirio!...
Y se puso á dar vueltas por el cuarto, con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos.
Como estos matices eran bastante más expresivos que los de antes, pescólos Inés; asombróse, y se quedó muy suspensa, mirando sin pestañear al mocetón.
El cual, sorprendiendo en una mirada torcida el efecto causado en la hija de don Baltasar por sus dichos y por sus hechos, se detuvo de pronto delante de ella y la dijo, tétrico y medio espeluznado:
—Inés... yo necesito hablar con usted cuatro palabras... ¿Me las quiere usted oir?
Inés, con aquella salida del seminarista, cuyo rostro estaba cárdeno, sintió una impresión, como de frío, que la invadía de pies á cabeza; y sin saber por qué, tuvo miedo. Instintivamente miró hacia la puerta; y el ver que no estaba cerrada, la tranquilizó mucho. Entre tanto, como no contestaba á la pregunta de Marcones, éste se la repitió:
—¿Me quiere usted oir esas cuatro palabras?
—Dígalas usted,—contestó al fin la pobre chica, con un nudo en la garganta.