Marcones arrimó una silla y se sentó enfrente de Inés. Puso los codos sobre la mesa, se pasó por la cabeza medio rapada ambas manos, entrelazólas después; y acabando por resobadas una con otra, rompió á hablar de esta manera, con largas pausas y muy cavernosa la voz:
—¡Yo no he estado enfermo!... ¡No ha habido tal enfermedad!
Inés, pensando que se la reñía por haberlo creído, se apresuró á responder:
—Me alegro; pero usted fué quien nos lo dijo.
—Sí que lo dije... y, sin embargo, no mentí.
La pobre muchacha pintó en un gesto y en un ademán, la nueva confusión en que se la ponía con aquellas afirmaciones que la parecían contradictorias.
—Aquí se ha comprendido—prosiguió Marcones,—que mi enfermedad era del cuerpo; y en esta inteligencia digo yo que no ha habido tal enfermedad... Pero estuve enfermo, lo estoy todavía, y, sin la ayuda de Dios, continuaré estándolo... del espíritu, que es la enfermedad más cruel que puede afligir á un hombre de sano corazón y mente luminosa... ¿Se acuerda usted de lo que le tengo explicado acerca del particular de los hombres de mente luminosa y sano corazón? Vea usted, pues, cómo es posible eso que á usted le ha parecido tan contradictorio. Sí, Inés, mi enfermedad está en el alma... ¡en el alma! ¡Estoy enfermo del alma!
Y al decir esto, Marcones dió un puñetazo brutal sobre la mesa, y una expresión de amargo desconsuelo á su caraza biliosa.
Inés se estremeció con aquel golpe que no esperaba, tomó en serio lo del dolor que tanto afligía al seminarista, y hasta se compadeció de él; pero no supo qué decirle. Después del puñetazo y la mirada triste y casi llorosa, Marcones dió otras dos vueltas por el cuarto. De pronto se detuvo, sacó el moquero, le arrimó con las dos manos á sus narices, lanzó con ellas una trompetada vibrante y clamorosa, mientras sacudía la cabeza á uno y á otro lado; y cuando concluyó la sonata con tres notas secas, embolsó el pañuelo y volvió á sentarse enfrente de Inés.
—En la última lección—comenzó á decirla,—hablé á usted algo sobre el destino de las criaturas en el mundo. ¿Se acuerda usted?