Inés dijo que sí.
—Con ese motivo—continuó Marcones,—expuse los recelos que yo tenía de que á la hora menos pensada se me apareciera en el camino que llevo, marchando en busca de lo que creo mi destino, un estorbo que no me dejara pasar y si es que no me extraviaba; estorbo que lo mismo podía proceder de la voluntad de Dios, que de las malas artes del demonio... pero estorbo al fin. ¿Lo recuerda usted?
—Lo recuerdo,—respondió Inés fascinada por la novedad de aquella escena.
—Pues bien—continuó el seminarista, revolviéndose en la silla y sin apartar de los de Inés sus voraces ojos.—Mis recelos se han confirmado... ó mejor dicho, había graves causas para que yo los tuviera; causas que yo llevaba dentro de mí sin conocerlo, pero que se dejaban sentir haciéndome pensar como pensaba. Por una inspiración de Dios, ó por un artificio del demonio, que quiere perderme encendiéndome la codicia de cosas imposibles, aquella misma noche ví en mis adentros, tan claro como la luz del día, que mi vocación de sacerdote no era tan firme como yo había creído; que había otra que me tiraba mucho más; que he sido un temerario en brindarla á usted con lo que no puedo llevar á buen remate, y, por último, que en conciencia de hombre honrado, no debo continuar dándola á usted las lecciones que le daba... ¡Todo esto llegué á leer y á sentir dentro de mí mismo! ¡Todo esto, Inés! ¿Comprende usted mejor ahora cómo se puede enfermar hasta la agonía, sin que en el cuerpo se sienta el más pequeño dolor?
Inés, que cada vez entendía menos lo que la quería decir Marcones, y se sentía más deseosa de entenderlo, se atrevió á preguntarle en cuanto él cesó de hablar:
—Pero ¿por qué vió usted todas esas cosas tan de repente, y qué tienen que ver con ellas las lecciones que usted me da?
Demasiado sabía el de Lumiacos, desde el caso del obispo, que no estaba Inés en disposición de comprenderle con metáforas de enamorado llorón, y por eso no le exacerbó la bilis esta nueva candidez de la desapercibida muchacha; pero no queriendo exponer el éxito de su negocio al azar de una embestida en crudo, la iba preparando con toda la exornación atenuante que llevaba bien estudiada.
—Pues si usted comprendiera todas esas cosas de repente, con lo poco que la he dicho—exclamó,—ya estaba resuelta para mí la dificultad... Si usted me hubiera comprendido— insistió, compungiéndose,—no necesitaba yo decir en este momento, ni nunca, por qué me retiraba de esta casa... ¡para siempre! como necesito decirlo para que no se me tenga por un hombre informal y desagradecido... Y esta explicación, ¡ésta!, es la que me duele tanto como la misma enfermedad.
El pasmo de Inés iba creciendo á medida que se acentuaba el aspecto patético de Marcones; el cual estudiaba con ojo sutil el cuadro de síntomas que ofrecían los movimientos del ánimo de la inexperta moza.
—Sepa usted—prosiguió el seminarista dando nuevos tintes sombríos á su mirada y á su voz,—que el tropiezo que yo temía, ó hablando más propiamente, que el imán poderoso, la fuerza sobrenatural que me detiene... ¡tampoco es esto lo exacto!... que me arrastra fuera de mi camino, está aquí, ¡aquí! en esta misma casa... ¿Me va comprendiendo usted?