Tampoco le comprendía Inés por estas señas; y así se lo dió á entender en su expresivo ademán, y sin apartar sus compasivos ojos de los sanguinolentos de Marcones.
Éste hizo otro envite en el juego en que estaba tan empeñado, de la siguiente manera:
—¡Estará decretado también que yo apure gota á gota las hieles de mi amargura! ¡Cúmplase la dura ley! En castellano corriente, Inés: desde que ando en esta casa, se han despertado en mí sentimientos y fervores que son incompatibles con la serenidad de espíritu y con la castidad de pensamientos que se requieren para el estado eclesiástico. En una palabra: yo no sirvo ya para sacerdote; repito que la causa de ello reside aquí, y añado que la conozco y que mi voluntad no ha tenido la menor parte en la caída... ¡Puedo jurarlo, Inés, puedo jurarlo si á jurarlo se me llamara! Sin embargo, á nadie culpo, nada pido, de nadie me quejo. Barro frágil era: tropecé á obscuras en mi camino, y barro despedazado soy en este momento. Nada más natural en los azares de la miseria humana... ¿Acabó usted de comprenderme?
—No, señor,—respondió Inés muy resuelta, después de unos momentos de indecisión.
Esta entereza por remate de lo que él había ido leyendo de nuevo en la cara de su discípula mientras la enderezaba las últimas indirectas, no le dejó la menor duda de que Inés deseaba y quería entenderle cuanto más pronto. El por qué del deseo, ya no estaba tan claro para Marcones.
Arriesgóse éste, y jugó su última carta de la siguiente manera:
—Puesto que es preciso, lo diré más claro todavía. El tropiezo que he hallado en mi camino; el imán, la fuerza que me ha sacado de él; el hechizo que ha despertado en mí sentimientos incompatibles con el estado eclesiástico, y la luz que me ha hecho ver á las claras que mi primera vocación no era perfecta... todo esto junto, Inés, todo esto junto... es usted. ¿Me he explicado bastante ahora?
Inés se estremeció al oirlo, aunque quizá lo esperaba desde muy poco antes. Púsose pálida; en seguida roja; se le acobardó la mirada; cerró los ojos, y concluyó por esconderlos detrás de las manos, sobre las cuales apoyó la frente.
Marcones, en tanto, estaba lívido, le temblaban los párpados y la barbilla, y se le podían contar los latidos del corazón en el paño de su chaleco. Aun sin estimar lo que hubiera de carnal en su intentona, se jugaba en ella la puchera. Era, pues, muy natural aquel desconcierto del seminarista; desconcierto que, con ser tan grande, no le impidió ver que urgía aprovechar la situación moral de Inés para rematar la obra, y, si no vencer, salir de la batalla con el intento bien justificado. Con este propósito añadió á lo dicho, después de un rato de silencio y mientras Inés continuaba con la frente sobre las manos:
—Esto que he tenido que declarar á usted, obligado por las razones que la dí, ha de quedar entre nosotros como en el fondo de una sepultura. Así lo pido, porque tengo derecho á ello; y le tengo, porque, como ya lo declaré, á nadie culpo de lo que me pasa, nada reclamo; y por lo que á mí solo importa, tengo tomada una resolución bien firme. Usted está muy alta: yo estoy muy bajo; usted es hermosa: yo soy una persona insignificante y mísera en quien, por el ropaje que viste y las ciencias que ha cursado, hasta parecen crímenes estos sentimientos; no tengo un solo título para merecerla á usted, al paso que no me parece bastante todo el corazón para adorarla. En este conflicto, ¿qué le toca hacer á un hombre honrado como yo? Alejarse de aquí, y alejarse para siempre. Pero tengo en esta casa deberes que cumplir, y no puedo salir de ella sin dejar bien demostrado que, si no los cumplo, es porque me lo impiden motivos muy poderosos. Ya conoce usted estos motivos, porque solamente para que los conozca usted me he atrevido á arrancar del fondo de mi corazón este secreto. Ahora, olvídele usted, discúlpeme como mejor pueda con su señor padre, concédame el perdón que la pido de rodillas, y déme su permiso para retirarme.