Inés estaba en este momento lo mismo que si de pronto hubiera oído crujir los techos y removerse las paredes de la casa: tiritaba de pies á cabeza, y no sabía qué hacer ni qué decir, ni adónde mirar en busca de un resquicio para huir de aquella situación que la amedretaba.

Marcones, entre tanto, convulso y anhelante, la devoraba con los ojos; y como pasaba el tiempo sin que ella descubriera los suyos ni dijera una palabra, el fogoso mocetón se levantó de la silla, avanzó el busto sobre la mesa, y, casi á la oreja, la disparó estas palabras:

—¡Dígame usted siquiera que me ha oído, ya que no sea bastante compasiva para perdonarme!

Al mismo tiempo le tocó un brazo con su manaza, quizás para descubrirle la cara tirando de él; pero no sé cuál fué primero, si el llegar la mano al brazo, ó el incorporarse de un brinco Inés y dar un paso hacia atrás. Marcones retrocedió á su vez otro paso.

—No he querido ofenderla á usted—la dijo entonces, viéndola con la faz angustiada y los ojos empañados;—y en cuanto al favor que acabo de pedirla...

—Todo lo he oído—respondió al fin Inés trémula y desconcertada;—de todo me he hecho cargo... pero yo no sé... yo no entiendo... yo no esperaba eso... Se quiere usted marchar y no darme más lecciones... puede que tenga razón... y puede que no la tenga: ¡qué sé yo? Para hablar de estas cosas, hay que estar muy serena... Puede que lo esté yo mañana... En fin, si quiere usted que le diga lo que siento sobre todo lo que me ha contado, déjeme que sea capaz de saberlo, porque ahora no lo sé... Conque hasta mañana, ¿verdad?

Y como quien sale de un atolladero abriéndose camino á ciegas con las manos, salió Inés de su apuro entre el laberinto de estas frases descosidas, y en seguida del cuarto, en el cual quedó un instante Marcones bañándose el alma en un golfo de dulzuras, por traducir á su gusto aquellos desordenados aleteos de un corazón que jamás se había visto en apreturas semejantes.