XVI

EL FALLO DE LA EDUCANDA

La pobre Inés se pasó aquella noche en claro, y aún no la alcanzó para desembrollar el lío de pensamientos que la llenaban la cabeza. ¿Cómo pudo ella imaginarse que la exquisita diligencia de aquel mozo para acudir á su casa y enseñarla lo que no sabía, pudiera terminar en lo que había terminado? Cierto que se la venían á la memoria casos y pequeñeces que, examinados desde allí, parecían señales de lo que luégo se descubrió; pero para haberlos dado entonces la importancia que aparentaban desde lejos, se necesitaban una malicia y una experiencia que ella no tenía. De todas suertes, ya no era ocasión de ventilar ese punto. Había que tomar las cosas en el estado en que fatalmente acababan de ponerse; y tomándolas así, ¿qué hacer? Esta era la cuestión: sobre esto había que meditar, y nada más que sobre esto.

Ordenando lo mejor que pudo sus alborotados pensamientos, se halló con que no sabía á punto fijo si la explosión amorosa de su maestro, después de pasada la primera impresión, que fué de asombro, la mortificaba ó la complacía. De lo que estaba bien segura, era de no haber contribuído, á sabiendas, ni con el más ligero soplo, á encender la hoguera en que Marcos parecía consumirse. ¡Y qué hoguera, á juzgar por el fuego de las palabras con que el desdichado se la pintaba! Y con abrasarse tanto, el pobre mozo se resignaba heróicamente á su martirio, sin culpar á nadie, y hasta creyéndose indigno del menor consuelo que pudiera darle quien, en rigor, era la causa de sus dolores. Por este lado no hallaba Inés motivos para sentirse mortificada con aquellas fogosidades tan honradamente declaradas; al contrario: hasta en conciencia se creía obligada á compadecerse de Marcos.

Pero descartadas de la cuestión estas consideraciones que tan directamente se rozaban con su amor propio halagado y con la natural blandura de su corazón; consideradas las cosas en su valor absoluto y con entera independencia de todo sentimiento vanidoso y caritativo, ¿de qué casta era la huella que en los profundos de Inés habían dejado las apasionadas confesiones del estudiante? Aquí estaba el lado más obscuro de la cuestión, y éste era el que reclamaba toda la fuerza de su discurso. Nada la había dicho Marcos que la sorprendiera por nuevo, aunque la asombrara por inesperado; porque el adormecimiento de sus deseos y de sus pasiones nunca fué tan grande que la impidiera sentir, á su modo, esas hermosas revelaciones que suele hacer el corazón humano en la primavera de la vida. El caso, pues, del estudiante, era, en lo esencial, la realidad de muchos sueños que ella había tenido, particularmente desde que la dominaba la afición al aseo y al trabajo. Pero estos sueños y aquella realidad, que tanto se parecían en el fondo, en todo lo demás eran muy distintos. La propensión de Inés á trasponer en sus meditaciones las montañas fronteras con la imaginación cuando se la ocupaban ideas de este linaje, no nacía de un temperamento caprichoso y visionario, sino de una convicción racional y práctica de que no había al alcance de sus ojos realidades de carne y hueso capaces de satisfacer las nativas delicadezas de sus dormidos afectos. No por esto salían sus exigencias de los límites racionales: no soñaba con un príncipe vagabundo de los que andan de puerta en puerta en busca de ignoradas hermosuras para llevarlas á ser reinas en palacios de plata y oro, como los príncipes de los cuentos con que la entretenía muchas veces su pobre madre. Se conformaba con muchísimo menos; pero con ser ello tan poco, ¡era tan distinto de Marcos! Podía ser el galán confuso de sus imaginaciones más bajo ó más alto, más rubio ó más moreno, más triste ó más alegre, dentro del tipo común de los galanes apasionados y corteses; pero gordo, grasiento, mofletudo, con la cabeza rapada, vestido de negro sucio, teólogo de balandrán y casi cura como Marcos, jamás le había soñado. Á Marcos le consagraba ella un afecto de otra especie: le admiraba por sabio, le profesaba un cariño respetuoso por la paciencia y la perseverancia con que la instruía y la aconsejaba, le besaría con gusto la mano y hasta se confesaría con él en cuanto cantara misa... De pronto este hombre, este teólogo y casi cura, con la cabeza rapada, el vestido negro y el cerviguillo poroso, la descubre que arde en amor por ella, y se lo dice en un lenguaje como nunca le igualaron, por fogoso, los galanes de sus sueños, más elocuentes, á su parecer, por lo mucho que se callaban, que por lo poco que la decían... ¡Oh! ¿por qué era tan gordo Marcos? ¿por qué había estudiado para cura? ¿por qué se afeitaba tanto y no gastaba el pelo con raya y el vestido de color? ¿por qué era sobrino de Romana, y por qué, en fin, era de Lumiacos?... Pero ¿sería posible que estas cualidades accesorias bastaran á desprestigiar, en el concepto de Inés, el altísimo valer de aquel profundo y ardoroso sentimiento que el estudiante la había confesado de tan hidalga manera?

Y esto era lo que la inexperta muchacha no acertaba á poner en claro. Á veces consideraba, «por un momento,» que se le acercaba Marcos, que la pedía la respuesta prometida, y que ella se disponía á dársela enteramente ajustada á los deseos del enamorado mozo. Y entonces sudaba Inés de congoja, porque no hallaba modo de que las palabras salieran de sus labios; y no por cortedad de mujer ruborosa, sino por algo como repugnancia instintiva: le parecía estar hablando con su padre ó con el cura de Robleces. Y por este camino lo ponía peor y se sumía en más hondas confusiones, supuesto que Marcos sería todo lo gordo, todo lo negro y todo lo teólogo que se quisiera; pero, en rigor de verdad, era un hombre en la fuerza de la mocedad, sin votos y sin trabas de ninguna especie, libre y casadero como otro cualquiera, y en nada se parecía, para el caso que se ventilaba, ni á don Baltasar Gómez ni al cura de Robleces. Podían ser, por consiguiente, impresiones pasajeras estas repugnancias del ejemplo. Había que averiguarlo.

Y vuelta al torno, y más tumbos en la cama. Y así toda la noche, sin sacar otra cosa en limpio que un medio convencimiento de que por el solo delito confesado por el estudiante, no merecía éste la pena que voluntariamente se había impuesto; que era de necesidad, y hasta de conciencia, disuadirle de su empeño y reducirle á que continuara las interrumpidas tareas, como si nada hubiera pasado entre el maestro y la discípula, y dejar al tiempo la obra de poner en claro aquellas nebulosidades que no podía despejar ella por sí sola.

Entre tanto, no pedía Marcones mucho más que esto en las cuentas que se echaba revolcándose á obscuras en su camaranchón de Lumiacos. Estaba muy satisfecho del resultado de su embestida. Había visto en el azoramiento de Inés revelaciones terminantes de impresiones hondas y de batallas rudas, y á eso solo tiraba él. Lo demás sería obra de la prudencia y del tiempo. Contaba con que Inés, en la situación de ánimo en que había quedado, le instaría, aunque fuera de cumplido, para que renunciara á su propósito de no volver á Robleces; y él entonces pondría el colmo á su abnegación heróica, aceptando el nuevo suplicio, mil veces más cruel que el de Tántalo... así, con Tántalo y todo: conocía un poco la Mitología, y pensaba que no caería mal en aquel trance este arranque erudito que él tenía en mucho, ignorando lo corrido que andaba por la tierra. Si, como también era posible, Inés no le hacía el ruego «que era de esperar,» él sabría trocar la concesión en oferta, resultando siempre el sacrificio heróico, y hasta con la exornación, por remate, del supradicho símil mitológico. Todo menos cumplir neciamente su amenaza de no volver á Robleces. ¡Tendría que ver la simpleza! Inés era de las tajadas que no se abandonan sin dejar los dientes en ellas. Esto, extremando las suposiciones; porque bien saltaba á la vista, por lo sucedido aquella tarde, que Inés era cera dócil á la mano que se empeñara en reblandecerla. Y ¿en qué otra mano que la suya había caído la cera? Tiempo, tiempo, astucia y perseverancia, era lo único que él necesitaba para salir triunfante de su empeño; y triunfaría... ¡por buenas ó por malas!

Con estas inofensivas intenciones, algo lacio de cuerpo, tristón de mirada y cetrino de color, entró la tarde siguiente en casa de Inés.