Aguardábale ésta en el cuarto de las lecciones, garrapateando maquinalmente números en un papel, pero sin plana nueva. También estaba algo lacia y muy ojerosa. Al llegar Marcones, se aturdió mucho y se puso colorada. Tomólo á buen agüero el mozón, y se quedó plantado delante de la mesa sin decir más palabras que las precisas para dar, á media voz, las buenas tardes á Inés; en la cual se reavivaron sus caritativos sentimientos, al tomar la palidez y la tristeza de Marcones por señales de sus rudas batallas interiores.
—He venido—dijo el de Lumiacos, viendo que Inés nada le decía á él,—porque, ó la ilusión me engañó, ó usted me dijo ayer tarde que volviera.
—Es cierto,—tartamudeó la pobre muchacha.
Marcones continuó, después de una pausa de silencio, durante la cual no supo Inés qué hacer de las manos ni de los ojos:
—Y... ¿recuerda usted por qué y para qué me mandó que volviera?
—Creo... que sí,—respondió Inés á trompicones.
—Pues aquí estoy para recibir las órdenes que tenga usted la bondad de darme,—añadió el estudiantón sin moverse de su sitio y con el hongo mugriento entre las manos.
Pero Inés, que todavía continuaba tomando, muy á menudo, ciertos dichos hueros al pie de la letra, contestó con la mayor sinceridad, después de repasar un poco su memoria:
—Yo no recuerdo que tenga que darle á usted ninguna orden.
—Si no es orden—repuso el de Lumiacos fingiéndose más apurado de lo que estaba,—será otra cosa: verbigracia, una respuesta que quedara pendiente ayer, por ciertos motivos de... de cortedad, supongamos.