—Eso ya es distinto,—dijo Inés entonces, cobrando alientos en las apreturas mismas del trance en que se la ponía.
—Pues usted me dirá,—concluyó Marcones, cambiando de pie para descansar, y humillando más la cabeza.
Y con esto llegó el apuro gordo para Inés; apuro que consistía en decir de memoria el párrafo que para eso había discurrido por la noche, después de meditar tantísimo como había meditado.
Por no cansar al lector con la copia fiel de aquellas descosidas frases que al fin tuvo que decir la hija de don Baltasar, parrafada la más larga de cuantas había echado de una sentada en todos los días de su vida, le diré yo que sudando á ratos, animándose en otros, cayendo aquí y levantándose allá, vino á declarar á Marcones, en substancia y en castellano corriente: que recordaba muy bien cuanto él la había confesado el día antes; que se lo agradecía mucho por la parte que la tocaba; que no veía en todo ello el menor motivo para huir de Robleces, como si hubiera hecho allí algo que mereciera persecución de la Justicia; que le parecía mejor y hasta de necesidad, por no dar en qué entender á las gentes de casa y de fuera de ella, que las lecciones siguieran como hasta allí, él de maestro y ella de discípula, guardando cada cual su alma en su almario; y que se dejara el tiempo correr hasta que Dios, que estaba en los cielos, dispusiera las cosas... como más conviniera.
Marcones quedó muy satisfecho de este dictamen, y más que del dictamen, de la emoción interna revelada en el extraño modo de exponerle; pero no lo dió á entender así: al contrario, bajó más la cabezona y respondió tristemente:
—Lo que usted me propone, sería para mí un suplicio superior á mis fuerzas. En la situación en que se han puesto las cosas, me sería imposible la vida sujetándola á esa violencia continuada.
Inés se atrevió á replicar muy entera:
—¿Y qué sabe usted lo que se violentarían los demás? ¡Si sólo se hiciera en la vida lo que le conviene á cada uno!...
Marcones miró fijamente á su discípula, asombrado de su arranque, que lo mismo podía significar mucha frescura de espíritu, que un alarde de obligada fortaleza. De cualquier modo, era ya temerario insistir en el empeño, y parecía llegada la hora de soltar el símil mitológico.
Dispuesto á ello, Marcones, después de fingir con ademanes y contorsiones una encarnizada lucha en sus adentros, habló así: