—Pues la voy á dar á usted la mayor prueba que puede pedírseme de la honradez y grandeza de la pasión que me devora... Estoy dispuesto á padecer ese horroroso suplicio de Tántalo, sólo porque usted lo desea.
Como debía esperarse, Inés, que no conocía, ni de nombre, á aquel sujeto, preguntó con los ojos á Marcos quién era y qué suplicio había padecido.
Marcos se apresuró á responderla:
—Tántalo era un rey, hijo de dioses, que por sus maldades fué condenado al tormento de la sed, teniendo el agua junto á los labios. ¿Se entera usted? Pues yo voy á padecer como Tántalo... ¡más que Tántalo! Porque mi sed será mayor que la suya, y más fresca y más sabrosa el agua que junto á mí tenga... Y yo no he pecado nunca contra usted de propio intento; y además, me presto voluntario á padecer el martirio... Voy, pues, á ser Tántalo... ¡más grande que Tántalo!... porque usted me lo manda y así lo quiere.
Y como si intentara poner ya de manifiesto su grandura, al exclamar así alzaba los dos brazos con el hongo en una mano. Da suerte que, en la relativa pequeñez de aquella habitación, parecía un espantajo colosal teñido con hollín de la chimenea.
Á Inés le pareció tal cual el símil, pero no tanto el dibujo con que Marcos le exornó. Díjole lo que mejor pudo y supo para dar por terminado aquel gravísimo incidente, en los términos convenidos poco antes, es decir, guardando cada cual su alma en su almario y encomendando á la providencia de Dios la marcha y el término y remate del amoroso pleito; y volvieron el maestro y la discípula á sus habituales tareas, tomándolas en el punto en que tan bruscamente las había dejado Marcones el día anterior.
Al despedirse aquella tarde el mocetón de Lumiacos, entregó á Inés unos librejos.
—Los traía—la dijo,—para dejárselos á usted como recuerdo de un desventurado, en la cuenta de que fuera ésta mi última visita. De todas maneras, ya está usted en disposición de sacar la debida substancia de esta clase de lecturas. Son las novelas ejemplares que la había prometido. Léalas usted despacio; y ¡ojalá la entretengan y la enseñen todo cuanto yo deseo!
Inés y Marcones se separaron con los suyos respectivos enteramente satisfechos: ella, porque, visto de cerca el peligro, le había parecido menos imponente que de lejos; él, porque sus fogosas declaraciones habían sido aceptadas en principio, y se le dejaban las puertas de aquella casa abiertas de par en par, lo cual era un paso de gigante en la marcha de su pleito.
Á Inés la había parecido el peligro menos, imponente de cerca que de lejos, no sólo por haber hallado á Marcos dócil á sus dictámenes y deseos, sino porque, mirado éste con el interés con que acababa de mirarle y no le había mirado jamás, aún le halló mucho más gordo, más obscuro, más poroso... y más cura que hasta allí; con lo cual se aclaraba bastante aquel lado de la cuestión, que tan negro la había parecido á ella la noche antes.