Entre tanto, la Galusa se bebía los vientos para averiguar con certeza lo que ocurría. Con certeza digo, porque barruntos de algo serio y no desagradable, los tenía por lo que había escuchado desde la sala y por lo que había leído en las caras y en los continentes de los dos interesados principales. Su sobrino, como si se gozara en atormentarle la curiosidad, nada había querido contarla al despedirse la víspera; y eso que le retozaba la alegría en los ojos, mientras Inés no sabía adónde mirar con los suyos, ni poner la mano en cosa que no se le cayera de ella. Sólo la había dicho al pasar: «mañana hablaremos.»
Pero, felizmente para la fisgona, Marcones, después de la lección de aquella tarde, se encerró con ella, que ya le esperaba, y comenzó á cumplirle su promesa, diciéndole al mismo tiempo que se frotaba las manos:
—¡Como una seda, tía!... ¡como una seda! ¡Le repito á usted que como una seda!
—Bien está—respondió la Galusa hecha toda ojos y oídos;—pero eso ya lo teníamos días atrás, hijo del alma.
—Cierto—repuso Marcones;—pero lo teníamos en hipótesis, quiero decir, lo dábamos por seguro; al paso que hoy es ya un hecho notorio y comprobado.
—¡Benditas sean las horas del Señor!—exclamó la pelindrusca levantando hasta la boca las manos entrelazadas.—¿Y cómo te arreglaste para saberlo? ¿Qué la dijistes, hijo del mismo dimoño?
—¡Todo, todo, tía! Todo se lo dije, como si me abrasara en fuego de amor por ella... ¡y creo que es la pura verdad!; y cada dicho salió á su tiempo y cayó como y cuando debía caer... ¡Oh, estaba el plan bien arreglado, aquí, aquí, en esta cabeza atestada de filosofías!...
—Y ella ¿qué te dijo?—preguntó trémula de curiosidad la Galusa.
—¡Ella!—respondió Marcones con aire de triunfador.—Con la boca, muy poco, por de pronto; pero ¡con los ojos!... ¡pero con el estremecerse de todo su cuerpo!... ¡pero con el ponerse descolorida ahora y muy encarnada después!... ¡Todo, todo me lo dijo, tía; todo cuanto yo necesitaba saber!... ¡Qué al alma fué el golpe, y qué bien meditado estaba! Haciéndome el chiquito, conseguí parecerla grande; y despidiéndome de ella para siempre, logré que me detuviera á su lado. ¡Esto es saber entenderlo y poner los recursos á la altura de las ocasiones!
—¿Y todo ello—insistió la Galusa, que era desconfiada de suyo,—lo leístes por esas señales que dices de la color baja y del temblor del cuerpo, sin palabra anguna que lo aclarara más?