—¡La Magalena te guíe, serafín de la cencia, y la fortuna ponga luégo en tus manos lo que buscas... que güeña falta nos hace!


XVII

EL AGOSTO DEL BERRUGO

Tenía razón la Galusa: el agosto de aquella casa era un reventadero. Duraba cerca de dos semanas, porque no entraban, un año con otro, menos de sesenta carros de yerba curada en el pajar; y la tarea se llevaba en vilo, sin otra interrupción que la del día festivo intermedio. Cada tarde se empayaban seis ó siete carros, y á esta norma se acomodaban las siegas de cada día. Toda la gente que andaba en la brega era de la casa: colonos y deudos de colonos, de los más trabajadores y entendidos entre todos los colonos y deudos de colonos del Berrugo, con las únicas excepciones, últimamente, de Pilara, por ser la mejor acaldadora de yerba que se conocía en Robleces, y de Quilino, á ratos, que se colaba en el bureo de aquellos agostos sin que nadie le llamara, como se colaba en todas partes. Desde que Pedro Juan fué mozo, él y su padre eran siempre los segadores de cabecera: aunque viejo el uno y muy hechos los dos á las fatigas del mar, tan diferentes de las de tierra firme, no había miedo que dalle alguno les picara los talones. Como rapado con navaja de afeitar quedaba el suelo en cada cambá de las que ellos tiraban, acompañándose con sendos crujidos del resuello. El Josco tenía además la gracia de conducir la enorme balumba de un carro de yerba por un despeñadero, sin que entornara, y la de cargarle y descargarle en la mitad de tiempo que el labrador más ágil y forzudo. Desde la primera vez que lo notó el Berrugo, le encomendó el mejor carro de los dos de su casa, y le puso á Pilara por acaldadora. Hay quien afirma que de este modo nació, dos agostos antes del que aquí se menciona, la buena ley que se tenían Pilara y el hijo del Lebrato. Y en verdad que nunca como en aquellas ocasiones eran tan de ver los dos, ni parecían mejor cortados el uno para el otro.

Tampoco mentía la Galusa al afirmar á su sobrino que en el agosto, como en todo lo de su casa, «ese hombre tenía el hipo de que no se diera golpe ni se comiera bocao sin que la su mano y los sus ojos entendieran en ello.» Verdaderamente era en aquellos días un argadillo que mareaba. Comenzaba el ajetreo por el acopio del «boquible,» como él decía, para la «obrerada:» bacalao de desecho, medio podrido, y una oveja sarnosa de su rebaño en aparcería; y si no había oveja de estas condiciones, una becerruca azurronada y á punto de morirse de ruinera, que nunca faltaba en casa de un aparcero ó en la suya propia. El vino, de lo tinto picado de su bodega. Para matar el dejo de la carne enferma ó del bacalao podrido, sabía él hacer unos adobos cáusticos que levantaban ampollas y escaldaban el paladar, de modo que el más sutil de suyo no advertía la acritud que pudiera quedarle al vino después del agua de fregar con que le había mejorado el inocente. Y nada de pan blanco para las comidas: boronas como ruedas de molino. De esto, hasta llenarles la andorga. Gracias á Dios, había maíz sobrante en el desván, y aquello de menos le comerían los ratones. Para el ollón del mediodía, las berzas de posarmo, las alubias con gorgojo, el tocino avenado... ¡y agua que te crió! La parva, de una bebida alcohólica, cuyos componentes, tan baratos como corrosivos, fueron siempre un secreto suyo, y un zoquete de pan duro y mohoso por persona.

Pagando de este modo á los obreros, no le salían, uno con otro, amén de los carros, á tres reales y cuartillo de jornal. Costumbre era en otras casas pagar, por iguales trabajos, media peseta además de la comida; pero el Berrugo tenía leyes especiales y colonos que las sufrían y acataban, porque les salía peor la cuenta rebelándose.