Avisada y dispuesta la gente, don Baltasar llamaba al Lebrato: le decía qué prados se habían de tumbar los primeros; y antes de salir el sol, ya estaba él, con una rastrilla en la mano, esperando en la mies á los segadores. Por sí mismo reconocía los hisos y los linderos; y al marcarlos hollando la yerba con los pies, siempre metía las marcas más de un palmo en los prados colindantes.
—¡Hala por derecho—decía inmediatamente á los segadores,—y apretar de firme ahora que está la yerba en buen temple de rocío!
Consumiéndole la impaciencia y por ganar algo, aunque sólo fuera un poco tiempo, sin esperar á que se formara un lombío de dos varas de largo, ya estaba él esparciéndole con el mango de la rastrilla y hurgando casi los talones del último segador de la tanda.
Así, hasta que llegaba una criadona con la parva en una cesta. Quedábase la moza para esparcir los lombíos, y se volvía él á casa. Á la despensa lo primero. El tocino, las alubias... Del tocino, lo que oliera peor entre lo apartado por rancio; de las alubias, las más vacías y agorgojadas.
—¡Hospa!—le decía á la Galusa, que recibía de sus manos aquellas porquerías en el delantal.—Y para ellos, sobra.
En seguida abajo: á preparar el vino tinto. Después al estragal: los aperos; si están listos y corrientes. Al corral de atrás: los carros, las armaduras altas... Llamadas, advertencias y preguntas al criado. Al pajar, para ver si está bien barrido el suelo y bien apartada la yerba vieja, trepando á escape la escalera que arranca de allí, pegada á la pared. Antes, un alto en la payeta para sentar las tablas desclavadas que estén fuera de su sitio... Abajo otra vez: á la cuadra: las telarañas, los boquerones, la ceba sobrante. Arriba de nuevo: vistazo y olisqueo á la carne y al bacalao, que están empapándose en el adobo que él manipuló. Á la cocina después: á destapar el ollón en que hierven ya las berzas, el tocino y las alubias. Le parece el condumio bajo: ¡más agua! Antes del mediodía, otro viaje á la mies, por si está ó no está dada la vuelta á toda la yerba esparcida según la han ido segando... Y á casa con tiempo para ver cómo se prepara en la cesta grande la comida que ha de llevarse al prado á los segadores, y medir el vino correspondiente, que irá en una botija de barro empedernido, con tapón de garojo... Por la tarde, á la mies todos los criados y él con ellos: á virar toda la yerba segada, y hacinarla después, antes que caiga el relente. Por la noche, toda la obrerada en la cocina alrededor de la mesa grande; y en medio de la mesa, dos tarterones con la carne sarnosa ó el bacalao manido, nadando en una charca de salsa fulminante; un botellón negro, cargado hasta el gollete de agua de fregar con el Rioja avinagrado, y una borona partida en dos mitades. Mucho eructo, mucho carraspeo, mucho restregón de pies, mucho vocerío y grandes risotadas, y el Berrugo entrando y saliendo y llevando á cada comensal una cuenta exacta en la memoria, de lo que mojaba, de lo que mascaba y de lo que bebía; y dicharacho va y pulla viene contra el que se pasaba «de lo justo,» ¡como si no fuera un acto meritísimo en los infelices, no ya engullir, sino catar solamente aquellos fementidos brebajes con que se les estaba envenenando allí!
Al otro día se duplicaban las faenas: recoger por la tarde lo segado la víspera, y segar y curar otro tanto para recogerlo el día siguiente; y con este motivo, más obreros y más impedimenta y doblada actividad en el Berrugo, cuya correa daba para cuanto fuera menester. Con la comida en la boca y la rastrilla al hombro, tras una mañana sin sosiego, á la mies con el primer carro, que era uno de los suyos; y allí, mientras se cargaba este carro y llegaba el segundo y comenzaba á cargar, atropa y fisgonea y punza y acribilla al lucero del alba. Cargado el primer carro, á casa detrás de él aguantando sus bamboleos con la rastrilla y recogiendo las yerbas que se caen ó quedan enredadas en los bardales. Ya en el corralón y descargándose el carro, á ratos atropaba también la yerba desparramada en el suelo; á ratos gateaba por la escalera del pajar para ayudar al de adentro á desatascar el boquerón que atascaba el descargador del carro; á reñir al «gandul» que se dejaba ahogar de aquel modo; y por último, y con un rodeo fatigoso por cuadras, escaleras y pasadizos, á atisbar por un ventanillo del granero, que comunicaba con el pajar, á la gente moza que acaldaba la gran pila, medio á obscuras, porque no había allí otra luz que la que se filtraba por las tejas y la lata podrida del tejado, y la intermitente y baja que se colaba por el boquerón de la payeta, casi siempre obstruído. Y si columbraba retozos, y si descubría zancadillas, ¡Cristo mío, qué cuchilladas de lengua tiraba desde aquel escondrijo, y cómo le temblaban de frío las carnes al mozo que más sudara en aquel oloroso y blando quemadero!
Y así toda la tarde. Por la noche, lo mismo que en la anterior, con la sola diferencia de haberse alargado la mesa y añadido una tartera más de bacalao podrido ó de carne corrompida, en virtud del aumento de comensales: igual entraba y salía y rondaba la mesa, y ponderaba los manjares y zahería al más voraz ó al menos escrupuloso.
¡Y con llevarse semana y media de este modo, es decir, sin cerrar boca ni parar un punto, comiendo mal y durmiendo peor, no se rendía aquel cuerpo que parecía nutrirse de la fatiga y del hambre y del cansancio de los demás! Y si por remate del ajetreo le resultaba un carro de yerba más de los calculados antes de la siega, hasta se remozaba el indino.
Pues á lo que íbamos rato hace: el «boquible» de aquel año se compuso del bacalao de siempre y de una cabra con úlceras y papera.