Pedro Juan había dicho á Pilara, dos días antes de empezarse la labor:

—Estoy avisao pa la siega de ese hombre.

Y ella le había respondido, con «un mirar de ojos» de mayor alcance que las palabras:

—Tamién yo, Pedro Juan.

—Estonces voy,—había añadido él.

—¿No pensabas dir si no?

—¡Qué sé yo lo que pensaba, coles! De un tiempo acá, no pienso cosa con arte, si no es una cosa mesma... y dale que dale, y arriba y abajo y de día y de noche.

Esto se había hablado en el corral de Pilara, pasando por allí el Josco «por casualidad» y muy de prisa; lo que demuestra, y es lo cierto, que el pleito de Pedro Juan no había adelantado un paso, con ser muchos los días corridos desde las últimas intimaciones del Lebrato y la subsiguiente guantá al temerario Quilino.

—¡Déjeme tan siquiera hasta el agosto... de ese hombre!—había suplicado Pedro Juan á su padre ante las nuevas amenazas de éste.—Si allí no lo arreglo de por mí mesmo, hágalo usté como quiere... ú haga de mí carná de sereña, que sería lo mejor, ¡coles!

El Lebrato había accedido á la súplica; y por eso Pedro Juan esperaba la siega del Berrugo, con tales ansias, que las piernas solas, y contra el mandato de él, le habían arrastrado á pasar casualmente y muy de prisa por el corral de Pilara, para preguntarla aquello poquitín que la había preguntado.