Y llegaron los días esperados, y llegó la hora de entrar el Josco con el primer carro vacío en la pradera. El corazón le dió media docena de golpes en el pecho. Allí estaba Pilara hecha un brazo de mar, atropando con la rastrilla el heno fragante que cascabeleaba de puro seco. ¡Qué bien le «agolía» á él entonces todo aquello, y qué grandona le parecía la mies, y qué alegre el sol que le tostaba, y qué bien entonados los cantares que echaban las obreras, y qué poca cosa todas ellas, desmedradas y sin arte, al lado de Pilara, que sacaba á la más jampuda medio palmo en altura y en redondez!
Pedro Juan enrabó, y echó al suelo las cuerdas y el horcón que estaban en la pértiga. Iba á comenzar la carga. ¿Subiría Pilara al carro? ¿Subiría otra obrera? Esta duda molestó al Josco unos momentos, por más que la costumbre de otros años debiera tranquilizarle. ¡Pero estaba el mozo tan querenciosote y amarteladón de un tiempo á aquella fecha!...
Poco le duró la duda; porque Pilara, leyéndosela en la cara, ó sin leérsela, en cuanto vió el carro dispuesto, soltó la rastrilla y se encaramó en él por la rabera, después de haber mirado á Pedro Juan de un modo que parecía decirle: «¿Cómo pudistes tú pensar cosa diferente, inocentón?» Y empezó la carga.
Es cosa de repetir aquí lo que ya se ha dicho; nunca como en aquellas ocasiones eran tan de ver Pedro Juan y Pilara: ella arriba, con su refajo corto de bayeta encarnada; el talle mal encerrado en un justillo de rayas azules; sobre los anchos hombros, un pañuelo de mil colores, cuyos picos, cruzados bajo el robusto seno, recogía la jareta del delantal; y á la sombra de un pajero con cintas coloradas, la cara frescachona, espejo fidelísimo del espíritu más satisfecho del envase que le cupo en suerte, entre todos los espíritus que andan por el mundo encarnados en criaturas humanas. Abajo él y Pedro Juan, con la tabla del abovedado pecho y la cerviz hercúlea, tan blanca como el pecho, al sol, lo mismo que la cabeza y los brazos hasta el codo, porque de cintura arriba no llevaba otro atavío que la camisa con las mangas recogidas y la pechera abierta de par en par; de cintura abajo, unos pantalones de mahón y una faja negra para sujetarlos sobre las caderas. Ella recibía arriba las horconadas que él la enviaba desde abajo; y al ver cómo Pilara las cogía casi al vuelo y las iba acaldando en dos meneos, picábase Pedro Juan y doblaba la carga del horcón; pero ella la recibía lo mismo que las otras, sin que volara un pelo de yerba por los aires; y por mucha prisa que se diera el cargador, siempre hallaba á la acaldadora esperándole con los brazos abiertos y retozándole la risa placentera en los alegres ojos y entre los menudos dientes blanquísimos. Pedro Juan se iba animando más y más... por dentro se entiende, pues ni á su cara seriona ni á sus labios entreabiertos asomaba la menor señal de sonrisa ni de palabra; y allá va media hacina de un golpe sobre la regocijada moza, que aparecía al momento sobre la nube, escupiendo yerbas, sacándose otras del seno y riendo á carcajadas. Otras veces Pedro Juan la aliviaba el trabajo poniéndole la horconada donde más falta la hacía; y también entonces se le pagaba la fineza en aquella moneda de miradas alegres y de sonrisas dulces que tanto apetecía él, porque verdaderamente le caían como un cielo estrellado, en las obscuridades de sus adentros.
Á todo esto, la carga subía y subía, y la balumba se desbordaba de la armadura de la pértiga por todos sus cuatro costados; y cuando ya no cabía una horconada más sin riesgo de que se desmoronara todo ello, Pedro Juan echaba las cordadas de un lado á otro y de atrás á delante, por encima de la balumba; y él solo, sufriendo con una mano y atesando con la otra con tal firmeza que hacía oscilar la mole y hasta cabecear á los bueyes medio ocultos debajo de ella, dejábala hecha una pieza, en la mitad de tiempo que emplean dos hombres forzudos para la misma labor. Después peinaba lo más saliente de la carga con la rastrilla; y, por último, sin bajarse Pilara del carro, conducíale con gran tiento á casa, entre los chirridos del eje y los cánticos de los obreros que le seguían y, en caso de necesidad, le apuntalaban con horcones y rastrillas. Como si la carga fuera de onzas de oro, atendía Pedro Juan al menor vaivén de su balumba que podía dar en el suelo, no con la yerba, sino con lo que iba sobre ella y valía, en opinión del Josco, más que toda la yerba de la mies y que todas las mieses del lugar, aunque estuvieran sembradas de ochentines.
Así, hasta que llegaba el carro á la portalada del corral trasero de la casona. Entonces se corría Pilara hacia la rabera, se recogía con ambas manos las faldas alrededor de los tobillos, y se dejaba desborregar por allí abajo hasta el suelo, donde caía blandamente y medio acurrucada. Pedro Juan arreaba en seguida; pasaba el carro, á duras penas, por debajo del tosco dintel de roble que le prensaba la carga y se la mordía con sus asperezas, y le dejaba arrimado á la payeta y enfrente del boquerón. Y allí se separaban Pedro Juan y Pilara. Él saltaba desde la payeta al carro para descargarle, y ella entraba en el pajar y subía á la pila para acaldar la yerba que el otro fuera descargando.
Á lo mejor de éstas y de las otras faenas, solía aparecer Quilino: en el prado, para hacer que hacemos atropando un poco y revolviendo mucho; en los empayes, para irse derecho á la pila con los que acaldaban, sobre todo si el carro era el de Pedro Juan, señal de que Pilara estaría adentro.
En opinión del Josco, Quilino no tenía pizca de vergüenza. Otro que él, con lo que se le había dicho, y mayormente con la guantá que había llevado aquel domingo, no se le hubiera vuelto á poner delante sino para tomar venganza ó para despedirse para siempre... Pues donde estaba Pilara, allí estaba Quilino luciendo la persona, sin importarle un comino la cara que pusiera Pedro Juan si se hallaba presente también. La guantada aquélla no le había servido de escarmiento. «¿Y qué hacer con un chafandín así, coles?» ¿Había de arrancarle Pedro Juan un par de muelas cada día? ¿No era esto aventurarse á que una vez se le corriera la mano un poco más arriba y le dejara seco?... Y ¿por qué Pilara no le curaba el hipo, de un escobazo? ¡Coles, esto es lo que debía de hacerse... y de haberse hecho ya! ¿Y por qué no se había hecho?... Porque no había él, Pedro Juan, «hablao» lo que le correspondía. Por eso. Si hubiera hablado, todo se habría dicho; y entre ello, que le quitaran estorbos de la vista... No tenía derecho á quejarse... Corriente. Pero con esto no se curaba él del resquemor que ciertas cosas le producían: bueno que en la mies, bueno que en el corro, bueno que aquí ó allá y á cielo abierto; pero ¡coles! ¿á qué iba Quilino al pajar en cuanto Pilara estaba adentro? Allí se andaba á tientas y nunca se hacía buen pie... Y Quilino podría ser poca persona; ¡pero lo que es pegajoso y atrevido!... Verdad que Pilara era moza que no dejaba pasar las cosas de cierto punto; pero ¿por qué las cosas habían de llegar allí, ni siquiera á que el sinvergüenza, con la disculpa del barullo de los demás, le pusiera la pata delante, por el gusto de verla caer muerta de risa?... Hacía bien, muy bien, el amo en vigilar á menudo á la tropa de la pila; pero haría mucho mejor en no apartarse un momento de la ventanuca del desván. ¡Por allí, por allí, coles, había que estar alerta con el ojo y con el oído!
Y por éstas y otras reflexiones tales, Pedro Juan no sosegaba un punto, mientras descargaba el carro, si Quilino estaba en el pajar. Atascaba el boquerón lanzando contra él horconadas enormes para acabar primero; pero así lo ponía peor, pues con el boquerón tapado no oía pizca á las gentes de la pila, y él necesitaba estar oyendo sin cesar á Pilara... porque él se entendía. Una tarde le encalabrinaron de tal modo estas aprensiones, que se atrevió á gritar desde el carro:
—¡Pilara!