—¡Quéeee!—le respondió en seguida la voz de ésta, allá dentro de todo, en lo más hondo del pajar.

—¡Ná!—tuvo que decir, medio cortado, Pedro Juan.—Que pensé que llamabas... Pero ya que estamos en esto, ¡habla, habla! ¡no pares de hablar!... ¡que te sienta yo á toa hora!... ¡coles, que me gusta mucho oirvos!...

Y pareciéndole que había dicho demasiado, se comía la figura de vergüenza y atacaba furioso al heno con el horcón, ya que no podía largar otra castaña á Quilino; de modo que en un periquete dejó el carro vacío, con aplauso expreso del Berrugo, que andaba por los alrededores haciendo de las suyas.

—Primero se acabara y de mejor arte—le dijo Pedro Juan, limpiándose con su pañuelo de percal los regatos de sudor con yerbas que le corrían por pescuezo y pecho abajo,—si ese chafandín no estorbara á la gente de la pila.

—¿Quién es el chafandín?—preguntó el Berrugo parándose en firme.

—Quilino.

El hombre dejó de hacer lo que hacía, y tomó á escape la escalera del pajar; pero ya salían los empayadores, empapados en sudor, rojos como tomates y sacudiéndose las yerbas agarradas al pescuezo. Pilara ardía, de puro sofocadona y saludable. El único que no coloreaba y que hasta parecía venir en remojo, con los pelos pegados á la cara imberbe y descolorida, era Quilino. Retrocedió el Berrugo; y en cuanto bajó el mozuelo, le agarró por un brazo y le dijo:

—Oye tú, Milhombres: ya que vengas sin que nadie te llame, que sea para servir de algo, y no de estorbo. ¡Cuidado con que te me vuelvas á subir á la pila!... ¿Lo entiendes?

Quilino se quedó de pronto suspenso; pero en seguida se encrespó, y revirando un poco los ojuelos y la boca lacia, contestó al Berrugo:

—¡Recongrio!... Por si eso lo ha dicho usté por mí, sépase usté que Quilino no estorba en nenguna parte... ¡en nenguna, recongrio! Y sépase usté tamién, que en venir á servile á usté de balde, le hago más honra de la que... angunos merecen, ¡recongrio!