Y se fué, zarandeando la calzonada, para no volver más á aquel agosto.
¡Cómo le saboreaba Pedro Juan día por día y hora por hora, en la mies, en el empaye y hasta en aquellos festines infernales con que el Berrugo envenenaba el hambre de los que reventaban el cuerpo por servirle! No cataba gran cosa, es la verdad, de todo ello, y mucho menos aún cataba Pilara, que sólo por cortesía se sentaba á la mesa por las noches; pero estaba allí frente á frente con él; y teniéndola allí y atreviéndose á mirarla de reojo algunas veces, y oyéndola sus incesantes risotadas, con eso solo restauraba las fuerzas de su cuerpo... y hasta le parecía menos abominable el Berrugo, que tan grande beneficio le proporcionaba.
Lo peor era que aquello se iba acabando poco á poco, y las cosas no habían adelantado un paso; y al día siguiente del agosto del Berrugo, tan abundante y alegre, empezaría el agosto de ellos en Las Pozas. Él y su padre, solos, enteramente solos, á segar; y á ratos perdidos, y como por obra de misericordia, su hermana y la familia de su hermana y el carro de su hermana, ayudándolos á meter en el pajar la pobreza segada. ¡Y todo este cariz tan triste, por no haber orillado él las arrastradas dificultades! Porque sin ellas delante de los ojos, seguro estaba de que no había de parecerle el agosto de su casa menos risueño que el agosto de «ese hombre.» Pilara ausente ó Pilara presente, ¿qué le importaría á Pedro Juan, si la llevaría ya «apalabrada» y como cosa de su pertenencia, en las honduras del pechazo?
Y así llegó el último día, y el Josco á sospechar que muy bien pudiera acabar la temporada sin haber salido él de su apuro; y este temor ¡coles! le desconcertaba. Pilara no faltó tampoco aquella tarde: llegó cantando, con la rastrilla al hombro y mordiscando el último zoquete de la comida de su casa; porque no iba á las labores de la mañana... Y se cargó el primer carro del Josco; y el Josco hizo desde abajo prodigios de soltura y de fortaleza, y Pilara maravillas de habilidad arriba; y él la persiguió á horconadas con mayor empeño que nunca, y ella le celebró las gracias, risotera y cariñosona, como jamás le había celebrado otras tales... y anduvo el carro cargado, y llegó á la portalada, y Pedro Juan le paró allí, y Pilara se desborregó, como siempre, por la rabera... y el carro anduvo de nuevo, y se arrimó á la payeta, y le descargó Pedro Juan; y bajó Pilara del pajar, coloradona y reluciente, que daba gloria; y se sentó con otras obreras en el carro vacío; y el Josco las condujo á la mies, como tantas veces las había conducido: ellas cantando y riendo, y él delante de los bueyes, taciturno y con la ahijada al hombro... «y de aquello, ná...» Y se cargó de nuevo el carro, lo mismo que siempre; y de igual modo salió de la mies y llegó á la portalada, y se desborregó por la rabera la mocetona, y se empayó después aquella balumba de yerba... «y de lo otro, ná...» En fin, que llegó la hora de cargar Pedro Juan el último carro que le correspondía en aquel agosto de «ese hombre;» y le cargó, y le sacó de la mies, y le condujo hasta la portalada, y los obreros y el Berrugo que le seguían entraron en el corralón, como de costumbre; y el carro parado y Pilara encima y Pedro Juan abajo, se quedaron solos en la calleja... «y de aquello otro, ná... ¡coles, lo que se llama ná!»
Reconcomiéndose el Josco al considerarlo, arreó un palo á cada buey sobre la espalda para que alzaran más la cabeza, y de ese modo hiciera Pilara con mayor facilidad su bajada de costumbre, cuando oyó que la moza le llamaba:
—¡Pedro Juan!
—¿Qué quieres?—respondió el mozo.
—Ponte por este lao,—le dijo Pilara.
Pedro Juan se puso donde Pilara quería: junto á la rueda derecha del carro. Allá arriba, enfrente de él, estaba Pilara recogiéndose las faldas contra los tobillos y mirándole con los ojos llenos de travesuras inocentonas.
—¿Qué vas á hacer?—la preguntó Pedro Juan.