—Voy á bajar por aquí,—respondió Pilara acurrucándose junto al borde de aquella montaña de yerba.
—¿Por qué no abajas por la rabera, como siempre?
—Porque me da la gana de abajar por aquí hoy...
—Güeno. ¿Y qué quieres que haga yo?
—Que me aguantes... si eres quién pa ello.
—¡Eso sí, coles!—exclamó Pedro Juan largando á escape la ahijada.
Temblaba por adentro de puro gusto y de sorpresa el hijo del Lebrato. Jamás habían tocado sus manos ni el pelo de la ropa de Pilara, y ahora se le iba á ir encima Pilara en carne y hueso, entera y verdadera. «¡Coles, qué barbaridá de suerte!» No se paró á considerar si sería ó no capaz de resistir en el aire aquella mole. Se creía con fuerzas para mucho más... Esparrancóse y se afirmó bien sobre los pies, escupióse las manos, levantó los brazos y los ojos hacia Pilara, y la dijo, pálido de entusiasmos:
—¡Échate sin miedo, recoles!
Pilara se reía como una boba, y no sabía de qué modo lanzarse por aquel precipicio abajo.
—¡Mira que peso mucho, Pedro Juan!—le decía.