—¡Anque pesaras más de otro tanto, Pilara!... Con tal de ser tú lo que me caiga encima, aquí hay aguante pa ello... Échate de cualisquier modo, ¡pero échate, recoles!

—¡Pos allá voy!

Y Pilara se lanzó... no sé cómo; pero sé que cayó en brazos de Pedro Juan, sin que los brazos se doblaran, ni los pies se movieran del sitio en que parecían clavados; que un moflete de Pilara resbaló por un carrillo del atleta; que éste cerró los ojos como si en aquel instante relampagueara; que el roce y el calorcillo y el olor de la moza le emborracharon, y que en medio de aquella borrachera fulminante, en los breves momentos en que estuvo su boca tan cerca del oído de Pilara, introdujo en él estas palabras, encanecidas ya en la punta de su lengua:

—¡Pilara!... ¡Dende aquí á la iglesia á que mos case el señor cura!... ¿Consentirás en ello?

Y Pilara, que se vino al suelo, pero á pie firme, en el instante de recibir este disparo á la oreja, contestó á Pedro Juan, mientras con un dedo meñique mataba las cosquillas que le habían hecho las palabras en el oído:

—¡Cuánto hace ya, hijo de mi alma, que podíamos estar de güelta, á no ser tú tan como eres!

—¿Eso es decirme que sí, Pilara?—se atrevió á preguntar Pedro Juan, temblando de gusto.

—¡Y con alma y vida, bobón!—le respondió ella mirándole mimosona.

Todo esto ocurrió en brevísimo tiempo, y en muy poco más descargó el carro Pedro Juan. ¡En un tris estuvo que no ahogara á su padre, que estaba al boquerón, bajo las tremendas horconadas de yerba que le mandaba sin cesar!

Por la noche no probó bocado en la cocina; y cada vez que sus ojos se encontraban con los de Pilara, se estremecía de arriba abajo, y á veces se reía solo. Ponderó mucho el Berrugo delante de la obrerada sus valentías de descargador, y estuvo á pique de abrazar á «ese hombre,» no por el elogio, sino porque ya nadie ni nada le parecía allí malo ni feo. Entró Inés á dar un vistazo á la mesa, como solía; la halló el Josco pintiparada para madrina, y tuvo tentaciones de proponérselo á voces allí mismo.