Afortunadamente para Pedro Juan, todo era bulla y algazara en la cocina, y nadie reparaba en sus vehementes obsesiones. Hasta el Berrugo estaba menos incisivo y cruel que de costumbre: le habían salido dos carros más de yerba que otros años, y se había recogido el agosto en un día menos.

Por todo lo cual había en la mesa una tartera de plus con el sobrante de la cabra laceriosa, y se remató el festín con una rueda extraordinaria de un blanquillo averiado que el anfitrión pensaba arrojar á la pila del estiércol.


XVIII

VUELTA AL PLEITO DE MARCONES

Y aconteció que Inés, apenas hecha aquel tratado de paz con su maestro, se vió obligada á poner á prueba el buen andar de aquella máquina de su cerebro, que poco antes había comenzado á moverse segura, pero lentamente; porque llegó á encontrarse muy mal á gusto en la escuela, desempeñando el papel de simple receptáculo pasivo de las enseñanzas de Marcones, y quiso tener allí su iniciativa propia, de modo que, sin dejar de ser discípula, pudiera dirigir á su profesor.

Parecerá esto algo contradictorio, y aun muestra de inverosímiles atrevimientos en la dócil y modestísima educanda. Pues no hay semejante cosa. Inés seguía admirando el saber y hasta el método de enseñanza de su maestro, y ni remotamente creía que el que ella trataba en imponer allí valiera ni siquiera tanto como el otro; pero ocurría que entre las aprensiones de Inés se había enmarañado de pronto el concepto personal, la idea cristalizada de Marcos vivo y efectivo, de tal suerte, que no se puede explicar sino con el ejemplo de lo que pasa á ciertas personas aprensivas, con la forzosa y continua presencia de un arma de fuego, cargada: temiendo hasta que se dispare sola, la penen á cubierto de cualquier imprudencia temeraria y de todo golpe casual. Pues bueno: Marcones, desde el estallido de marras, era para Inés un escopetón cargado de metralla hasta la boca, que podía volver á dispararse solo á la hora menos pensada; y para aislarle, para mantenerle en la posición menos peligrosa, para evitar y aun para conjurar los golpes casuales, ó, viniendo á lo concreto, para prevenirse contra sus ímpetus fogosos, para conjurarlos y para dirigirlos, no había encontrado otro medio que llevar la voz cantante en la escuela. Esto no había de conseguirse ventilando allí asuntos de cecina ni chismecillos de vecindad, sino temas de mayor fuste; puntos pertinentes á las materias de su enseñanza, y atrincherarse con ellos; atiborrarse el magín de teorías, de dudas y de reparos, y acosar al profesor incesantemente con estas armas; obligarle á estar atento siempre y amarrado á esas escaramuzas de la discípula; y en cada intento de escapada por el portillo abierto ó por la brecha desatendida, acudir allá con nuevos pertrechos que le distrajeran y hasta le abrumaran.