Todo esto había intentado Inés, y lo que es más de admirar, todo esto había conseguido en pocos días, sometiendo con heróica voluntad su buena inteligencia á una gimnasia desesperada. No eran ciertamente campo adecuado al ejercicio de tan hermosos elementos de investigación y de análisis, los cuatro libracos de texto que Marcones la había prestado, y algunos más, por el estilo, que conservaba de su madre; pero lo que á la labor le faltara de ancho, lo tendría de hondo; y si no hallaba al cabo grandes cosas, aprendía la manera de buscarlas, lo cual, apurando bien su tesis, era lo que más falta la hacía por de pronto.
Procediendo de este modo, buscando el por qué de aquellas materias mal esbozadas, y supliendo con el buen sentido lo que en ellas no se columbraba, se halló de manos á boca con que en lo que iba dejando atrás, después de sometido á nuevo análisis, veía ella mucho más de lo que la había enseñado su maestro; y con esto, y con lo que no traslucía bastante claro, y con lo que de intento enturbiaba para dar que hacer con la supuesta duda á Marcos, no solamente le tuvo durante una semana pendiente de su capricho, sino vencido casi siempre, y muy á menudo estupefacto.
Pero ¿qué mosca había picado á Inés para lanzarla tan de repente por aquellos trigos de Dios?
La mosca esa daría motivo para que se luciera aquí de firme una pluma diestra en anatomías psicológicas y en disquisiciones fantasmagóricas, por los profundos de las más recónditas obscuridades del espíritu humano, cuando encarna en naturalezas tan sensibles, dóciles y bien equilibradas como la de Inés; pero la mía, quiero decir mi pluma, torpe y desmazalada de por sí, que á la luz del mediodía y por caminos muy trillados se ve y se desea para no andar á tropezones, renunciando hasta al intento de echar una suerte entre los, para ella, inextricables laberintos de esos perifollos del arte, dirá á la buena de Dios que el miedo á los tiros escapados del escopetón de mi ejemplo, se le habían infundido á Inés, primeramente su buen instinto y excelente gusto natural, que de hora en hora la iban aclarando aquel lado obscuro que tanto la preocupó durante la noche que siguió al estampido del seminarista; y en segundo lugar, la lectura de aquellos librejos recreativos que la había prestado Marcones «para educarla el sentimiento.»
Los tales librejos eran novelas de las llamadas ejemplares, obras de propaganda, pensadas y escritas con las intenciones más honradas del mundo, pero que, con excepciones contadísimas, hacen bostezar á los niños que sólo apetecen lo maravilloso, y se les caen de las manos á las mozas casaderas que ya no se deleitan con austeridades candorosas ni con inocentadas insípidas. Y conste ante todo que no me burlo de esta clase de lecturas, aunque me lamente de que no sean más entretenidas y pegajosas, como lo son las muy contadas que, precisamente por ser así y hasta magistrales, no pasan por el tamiz de las almas pías, que tampoco apechugan con aquéllas... ni con las otras. Va todo ello á cuento y en demostración de las buenas tragaderas de Inés, que se envasó tres obras ejemplares en día y medio; hazaña que casi iguala, si no obscurece, á la que yo rematé, siendo niño, leyéndome en igual tiempo á Misseno, ó El Hombre feliz, la obra más de bien que se ha escrito en el mundo, indudablemente, pero cuya lectura han terminado muy pocos cristianos y no ha repetido ninguno, yo inclusive.
No tenían los alcances filosóficos de esta novela patriarcal las devoradas por Inés; pero, en cambio, eran los primeros libros de imaginación que ella leía; y por esto, y por tratarse allí de cosas muy hacederas en la práctica de la vida entre personajes de carne y hueso, no tomó los asuntos de los libros como ficciones de una fantasía más ó menos gallarda, sino como relatos fieles de aventuras reales y verdaderas. Por feliz casualidad, uno de los tres libros leídos era el mejor de la colección, el menos ñoño, el de más arte y de mayores atrevimientos de pasión y de colorido. Esta novela la cautivó verdaderamente. Reducíase en substancia el asunto de ella á lo siguiente, según resultaba de la lectura, entiéndase bien, no de lo que se proponía el fervoroso novelista:
Cierto don Zacarías Hernández, hombre muy acaudalado, honradote á su modo, receloso y muy escogido en el trato de las gentes, reglamentado en su vida, devoto hasta cierto punto, menguado de mollera, y, por abominación instintiva, al rape en letras de molde, tenía una hija, llamada Amparo, educada con grandes precauciones, recién salida del colegio, hermosa como unas perlas, muy humildita por régimen, y con unos ojos gachos que, cuando los levantaba, eran dos soles que derretían las piedras. El tal don Zacarías era íntimo amigo de un don Justiniano Costales, letrado severo y docto, nacido para la profesión como la hiedra para el muro: á ella se agarraba, de ella se nutría, con ella se deleitaba, y de ella tomaba, con los jugos y el arrimo, las líneas del cuerpo, la expresión de la cara, el corte de su ropaje y hasta los contados chistes con que se permitía, muy de tarde en tarde, despejar un poco los celajes sombríos de su frontispicio austero. Estos chistes, aunque eran de los que dan ganas de llorar, se los celebraban mucho los canónigos, tres, con quienes se acompañaba en sus metódicos paseos, amén, entre otros tales, de don Zacarías, que los reía á carcajadas sin entenderlos, porque estaban, los más de ellos, en latín de las Pandectas.
Este don Justiniano, letrado viejo, era padre venturoso de Justino, que ya oficiaba en estrados, mozo de mirar severo, de patillas lacias y de rostro pálido, de luengos faldones, sombrero de copa y botas relucientes, bastón de ballena y guantes de medio color. Según el novelista, que parecía estimarle mucho, así se presentaba siempre en público este joven, que «era solemne sin arrogancia, digno con los altaneros, y dócil y sumiso siempre á la autoridad de sus señores padres.» Además, hacía versos en latín y cerraba los ojos cuando se encontraba con una chica guapa en sus cotidianos paseos en la amena compañía de ciertos señores graves, que sólo hablaban de derecho político, de filosofía tomística ó de la corrupción de los tiempos. Su mejor entretenimiento era el estudio continuo de la ciencia que profesaba, y no leía libro de imaginación sin someterle previamente «á la censura de su padre espiritual.» Este gran muchacho andaba ya rayando con los treinta, y no fumaba todavía delante de las personas mayores, ni había entrado jamás en un café. Abominaba del teatro, sin conocerle, y no reía otros chistes que los de su padre y las agudezas de los tres canónigos, en latín también, aunque no forense: más bien era de refectorio.
El cuarto personaje de los principales de la novela, era Isidoro, galancete listo y guapo; jurisperito ya igualmente; pero calabaceado varias veces en la Universidad, por andar más atento á las seducciones del mundo que á los libros de la carrera.
Y sucedió que mientras el don Zacarías Hernández pedía al cielo un marido como Justino para su hija, el don Justiniano Costales suspiraba por una mujer como Amparo Hernández para su Justino, que, á su vez, se regocijaba en la contemplación mental de las dotes, y aun de la dote, de que estaba adornada la hija de don Zacarías. De esta mancomunidad de lícitos y honrados deseos, nació, por decreto de la divina Providencia, según el novelista, el declarado propósito entre los dos padres, de que los respectivos hijos se fueran aproximando honestamente, y tratándose y conociéndose poco á poco, de manera que sin esfuerzo se manifestara el afectuoso vínculo que, por necesidad, había de manifestarse entre dos criaturas tan semejantes en la honestidad de sus inclinaciones y en la santidad de sus miras. Y así se hizo. Don Justiniano y Justino dieron en menudear las visitas á don Zacarías; y en cada una de ellas, mientras los dos señores padres departían en un extremo de la estancia, cerca del opuesto, Justino, con las piernas formando dos escuadras rigurosamente paralelas entre sí, dándose golpecitos en la barbilla con el puño de su bastón, cogido por el medio con su diestra enguantada, y la siniestra sobre el muslo correspondiente; Justino, digo, en esta postura, muy recomendada por el autor de la novela, y colgándole los faldones de su ceñido levitón hasta cerca del suelo, recitaba á la hermosa Amparo versos en latín, ó disertaba sobre una ley de Partida, ó acerca de la política dominante «en sus relaciones con los sagrados intereses de la familia y de la sociedad.»