Yendo encarriladas las cosas de esta manera, aparece en escena Isodoro, recién hecho abogado, y conoce á Amparo en casa de unas amigas, cuyo trato frecuentaba bastante la hija de don Zacarías. Isidoro, como se ha dicho, era guapo y despierto; y hay que añadir que era además apasionado, fogoso, algo poeta, ingenuo, franco y alegre como un cascabel. Le parece monísima la hija del ricacho Hernández, y como lo siente se lo espeta. Era la primera declaración terminante y apasionada que Amparo había oído, porque hasta aquella fecha el otro no se había apeado de sus infolios jurídicos: súpole bien, gustóle el mozo, y continuó la intriguilla; hasta que se olió desde la otra casa, y se ató corto en ella á Amparo, sin decirla por qué, lo cual no era de necesidad para la recluída, porque bien á la vista lo tenía. Isidoro no pecaba de encogido; ella se dejaba caer muy guapamente hacia el lado de su gusto, y continuó el galán pintándola su pasión fogosa en cartitas que la entregaba la sobornada doncella, ó en versos alegóricos que le publicaba un semanario de la localidad. Á todo esto, continuaba Justino con sus luengos faldones y su aire de magistrado precoz, haciéndola disertaciones sobre derecho político, después de haber agotado la materia del romano; y en vista de que aún tenía tela cortada para buen rato, y de que al otro se le había descubierto también el juego de las cartitas y de los versos alegóricos, pusiéronse de acuerdo los señores padres; habló don Zacarías á su hija terminantemente de lo que no le había dicho Justino una palabra todavía; ponderó los merecimientos y las altas prendas personales del hijo de don Justiniano; excomulgó á Isidoro por calavera y mundano corrompido; aseguróla que no consentiría la menor duda en la elección; atrevióse la pobre Amparo á establecer algunas diferencias muy salientes entre los dos aspirantes; tomó don Zacarías á descarada rebelión estos reparos; creyó ver ya al demonio metido en su casa y sugiriendo aquellas perversas inclinaciones á su hija; entregó el conflicto al docto discernimiento de los tres canónigos; tomáronle éstos bajo su celosa protección; y con tan buen tino se condujeron, que á los pocos días, según afirmaba en conclusión el novelista, la divina Providencia recompensaba las virtudes ejemplares de Justino casándole con Amparo, desengañada de su error, y castigaba al pícaro Isidoro con la pérdida de aquel tesoro, tan indebida y ansiosamente codiciado por él.

Tal era, á grandes rasgos, lo principal del asunto de aquella novela.

En opinión de Inés, bien estaría este desenlace cuando por bueno le daba el novelista; pero, salvo el respeto debido á un hombre que tan bien plumeaba, y á los tres sabios varones que habían convencido á Amparo, si ella, Inés, hubiera sido llamada á entender en aquel pleito y á sentenciarle en conciencia, condena á Justino y casa á Isidoro con Amparo. ¡Lo que es la inexperiencia en las cosas del mundo y en los achaques de la vida humana! Á ella le parecía que Justino el estudioso, con aquella levita tan larga, y aquella cara tan seria, y aquellos versos en latín por todo recreo, y aquellos discursos tan sabios, que la recordaban las homilías de Marcones, no resultaba de lo más al caso para marido de una muchacha tan alegre y tan linda como Amparo; mientras que Isidoro... ¿Y por qué se llamaba malo y corrompido á Isidoro, que, como estampa, valía cien veces más que Justino, ó mentían las señas que daba de él el novelista? ¿Qué maldades suyas se referían en el libro? Que era aficionado á danzas y espectáculos; que con una mano cogía el dinero que le enviaban de su casa, y con la otra lo gastaba en divertirse y en engalanarse; que se perecía por las chicas guapas; que las requebraba siempre que podía; que leía muchas novelas y demasiados periódicos; que conocía á muchos periodistas y copleros, y se tuteaba con un cómico; que en una ocasión había empeñado la capa para prestar á un amigo menesteroso siete duros, y que era muy alegre y muy chancero... Corriente. ¿Y qué edad tenía Isidoro? Veinticuatro años, y además era fuerte, ágil, no de mucha altura, pero muy gallardo, morenito, de ojos y bigote negros... en fin, que era una golosina para muchos paladares de buen gusto, y él no hacía por su parte todo lo que debía para no dejarse tentar del demonio, que, en forma de chica guapa, le tentaba de continuo.

—Pues, señor—concluía Inés,—con el respeto debido al saber de los tres señores canónigos, paréceme á mí que con estas prendas y á los veinticuatro años de edad, lo menos malo que puede hacer un hombre es lo que hacía el pobre Isidoro. Si robara ó matara ó escandalizara con sus vicios... Pero ser un poco alegre de genio, bastante desaplicado en el estudio, algo coplero y muy aficionado al trato de las muchachas bonitas... Más raro me parece á mí lo del otro: á su edad y con su carrera, no fumar todavía delante de las personas mayores, y entretener á su novia con aquellos sermones tan enrevesados y con aquellas coplas en latín. Además, cuando á Amparo la aconsejaban que se decidiera por Justino, ya Isidoro había concluído su carrera y tenía juicio y era hombre tan capaz como el que más... Vamos, que si yo soy Amparo y no se mete la Providencia por medio, me quedo con Isidoro, como tres y dos son cinco. ¡Lo que es no entenderlo! ¡Qué cosas diría á las chicas el diablo de él, con aquella viveza de sangre y aquellos ojos negros y aquella gracia para las coplas! Debe de dar mucho gusto eso...

Aquí la máquina consabida hizo por sí misma un cambio de engranajes, y llevó los recuerdos de Inés á aquellas largas temporadas que, de niña, pasaba en San Martín de la Barra. Allí había visto ella, entre las diversas y extrañas gentes que veraneaban, hombres que se daban un aire á ciertos personajes de las novelas que acababa de leer; pero ninguno de ellos era tan guapo como Isidoro, aunque se le pareciera un poquito.

Juraría que aquélla era la primera vez que los veía en el espejo de su memoria, y tal como los había visto entonces sin fijarse en ellos. Se atrevería á contarlos uno á uno. Y ¿por qué le asaltaban ahora estos recuerdes y antes no? ¡Cosa más rara!... Y ¿de dónde serían aquellos forasteros? ¿Vendrían todos los años á San Martín? ¿Tendría cada uno de ellos una historia parecida á las que ella acababa de leer? ¿Harían versos? ¿Hablarían como Isidoro? De todas maneras, los hombres de aquella traza no eran tan raros ni tan escasos, cuando en un lugar tan pequeño como San Martín, se reunían tantos, tan distintos y en tan poco tiempo. Desde entonces no había salido ella de Robleces (donde las únicas levitas eran la del cura y la del médico) en media docena de ocasiones, á otras tantas romerías cercanas; y esas veces, á la fuerza y con los ojos velados por la negrura de su tedio, la había llevado Romana por hacer público alarde de su imperio en la casa, ó de un celo cariñoso de madre postiza, en que nadie creía. No recordaba haber visto en esas salidas hombres de la traza de los bañistas de San Martín, ó de los personajes de las novelas. Solamente Marcos... ¡Marcos!... Otro cambio repentino de la máquina. No ya Isidoro, tan guapo y tan elegante y tan donoso de palabra; Justino el de los latines, cualquiera de los bañistas de San Martín que hubiera visto y oído á Marcos, gordinflón, negrote, puerco de uñas y de ropa, poroso y medio eclesiástico, decirle á ella las cosas que la había dicho, ¿qué hubiera pensado del suceso? ¿Qué rechifla no hubiera hecho de los dos?

Y aquí se tapaba Inés la cara con las manos, y se asombraba de no haber caído mucho antes en la cuenta de aquellas enormidades. En fin, que las cosas no podían seguir de ese modo, y había que cortar por lo sano. No le plantaría en la calle sin más ni más, porque, al cabo, á tuertas ó á derechas, le debía un gran beneficio; pero iría desprendiéndose de él poco á poco, y, entre tanto, le mantendría á raya.

Tal fué el camino por donde llegó Inés, en pocas horas, á encontrar abominable aquel escopetón que en otras pocas más se le había hecho temible.

Marcones, á todo esto, no sabía qué pensar de aquella táctica sutil, de aquellas estratagemas diabólicas con que la discípula le perseguía y le acorralaba y le tapaba los resquicios por donde se le escapaban á él los humos y las chispas del volcán que estaba devorándole por dentro, particularmente desde que había comenzado el agosto del Berrugo y no se oía una mosca ni se veía alma viviente hacia aquella parte de la casa donde estaba el cuarto de la escuela. Andaba el mozón desasosegado y mohíno; y con cada varapalo que recibía de Inés, se ponía más bravo y sospechoso. ¿De dónde habría sacado aquella trasta tantos recursos y tan de repente? ¿Por qué andaba tan sobre sí y le tenía en perpetua batalla y le ponía en tan graves aprietos? ¿Qué diablejo la había infundido tanto valor, tanta travesura y tanto saber?... De las novelas, nada le decía por más que la preguntaba.

—No he empezado á leerlas,—le contestaba siempre que el otro le hacía la pregunta, para buscar una callejuela por donde sacarla al terreno en que la esperaba él.