Al fin, una tarde se le anticipó ella diciéndole:
—Ya he leído tres.
—¡Hola, hola!—exclamó Marcones sobándose las manos.—Y ¿qué tal, qué tal? ¿Cosa buena, eh?
Inés le ponderó mucho la de Amparo y Justino. Estaba entusiasmada con ella.
—Naturalmente—dijo el seminarista entusiasmado también.—Aquello es la verdad pura: un ejemplo de la más alta y cristiana moralidad. ¡Y cómo está escrito! ¡Con qué arte y con qué!... ¡Cómo viene por sus pasos contados, y qué á tiempo, la Justicia de Dios para dar á cada cual su merecido!
Sobre este punto se permitió Inés algunos reparos, ya conocidos del lector.
—¡Cómo!—saltó Marcones muy contrariado al oírla.—¡Es posible que no encuentre usted muy arreglada á justicia aquella conclusión?
—Ya le he dicho á usted—repuso Inés,—que lo estará, cuando aquellos señores, que tanto sabían, lo arreglaron así; pero...
—Pero—añadió Marcones interrumpiéndola,—usted lo hubiera arreglado de otro modo, si lo ponen en sus manos. ¿No es eso?
—Justamente—respondió Inés.—¡Vea usted lo que es la ignorancia y la!...