—¡Un joven—prosiguió el de Lumiacos, casi indignado con la ocurrencia de Inés,—un joven como Justino, con el discurso y la formalidad de un hombre maduro! ¡Un muchacho que habla y hace versos en latín, como agua, y maneja los clásicos por debajo de la pata, y se sabe de memoria el Fuero Juzgo y las Partidas y todo el Derecho romano, y es humilde y temeroso de Dios, y dócil y sumiso á la autoridad de sus señores padres, y ni siquiera fuma delante de las personas mayores!...

—Pues por todo eso,—dijo Inés.

—Por todo eso ¿qué?—preguntó Marcones mirándola fieramente.

—Por todo eso—insistió ella,—no le hubiera yo casado con Amparo, que era tan guapa y tan joven, y tan alegre y tan rica. Me parecía Isidoro más á propósito para ella.

—¡Isidoro!—exclamó escandalizado Marcones.—¡Un danzarín desjuiciado! ¡Un títere que no sabe hacer una oración primera de activa; que recibe el título de abogado por misericordia; que corteja á las chicas casquivanas y publica versos profanos en los periódicos, y empeña la capa y se tutea con un comediante! ¡Casar una peste así con una criatura como Amparo! ¿En qué cabeza cabe? ¿Con qué lógica, Inés; con qué moral? ¡El saber, las virtudes, á los pies de la corrupción mundana! ¡El juicio y el entendimiento, pisoteados por la locura impía! ¡Qué sería de nosotros, los buenos, con unas leyes de moral así? Usted no ha reflexionado bastante, Inés; usted está alucinada... Usted no puede pensar de ese modo... ó está contaminada también del virus ponzoñoso.

Mucho, muchísimo se alegraba Inés de ver á Marcones tan irracional y tan bruto en aquella cuestión. Así le resultaba más antipático, y con ello la costaría menos trabajo llegar hasta donde se proponía aquella tarde. Dióle cuerda de intento para que despotricara más; y cuando ya el pedazo de bárbaro no tuvo dicterios que proferir ni excomuniones que lanzar contra los mozos mundanos, y las mozuelas extraviadas, y las ideas disolventes, y «los gusanos viles,» y «el liberalismo diabólico,» y «la masonería de Satanás,» porque todo esto atropó allí abogando por la causa de Justino el estudioso, contra el infeliz Isidoro y los «corazoncitos piadosos» que se compadecieran de él; cuando á tales extremos, repito, hubo llegado el energúmeno, y rendido y fatigoso, viendo que daban en duro sus desatinados machaqueos, dijo á Inés que era ya hora de dar principio á las ordinarias tareas, Inés, que no se había sentado todavía ni en sentarse pensaba, acabó de atolondrarle con estas sencillísimas palabras, dichas con la mayor serenidad:

—He resuelto suspender las lecciones.

—¡Cómo!—exclamó Marcones estupefacto.

—¡Suspender las lecciones ahora!... Y ¿hasta cuándo? ¿Por qué?

—Porque—dijo Inés respondiendo á la segunda pregunta, sin querer hacerse cargo de la primera,—porque está la casa muy revuelta con el trajín de estos días; y además, he comenzado hoy la novena de San Roque.