—¡Vaya una oportunidad!—replicó Marcones después de permanecer unos instantes muy pensativo y contrariado; y en seguida añadió, descubriendo, sin poderlo remediar, la grosera hilaza de sus malos pensamientos:—¡Suspender las lecciones!... ¡y ahora, cuando en esta parte de la casa se vive como en un desierto, y no se siente una mosca que nos pueda interrumpir!

—Pues también por eso,—dijo al punto Inés, muy intranquila al ver lo que se leía en los ojos chispeantes de aquel zángano.

Y con muy poco más que esto, se despidió.

—Pero ¿hasta cuándo?—la preguntó él desde la escuela, donde se había quedado á pie firme, azorradón y mascando hieles corrompidas.

—Ya veremos,—respondió Inés desde allá afuera, sin volver la cara atrás y andando á buen paso hacia el otro extremo de la casa, donde resonaba la bulla del trajín de aquellos días.


XIX

EL CABALLERO DEL ALTAR MAYOR