—¿Y eso era todo lo que tenías que decirme, hombre de Dios?—preguntóle la moza con cierto retintín que encendió algo la sangre del encogido redero.
—No, ¡recoles!—contestó éste en el calor del arrechucho, y azotando la esquina de la casa con la sarta de peces.—¡Yo tenía que decirte mucho más!
—Y ¿por qué no lo dices? ¿pa cuándo lo dejas?
—Lo dejo, Pilara... pa cuando me atriva; pa cuando me atriva, ¡coles! ¡Y mira que á la mesma punta de la lengua lo tengo!
—Pos atrívete hombre; atrívete ahora. ¿Qué mejor ocasión?
—¡Que me atriva! ¡Recoles! ¿En qué consiste esto? Yo he mirao treinta veces la muerte cara á cara sin que se me acelere tan siquiera el pulso, ni la color se me cambie, ¡y en esto me desmayo y acongojo! ¡Mal rayo me parta por encogío y por... coles!
Y por no atreverse y por conocerlo y por renegar de sí propio, salió ahumando de la corralada, igual que Quilino, sin despedirse siquiera.
Y era lo más negro para Pedro Juan, que, huyendo de lo que más le atraía, lo llevaba estampado en las mismas niñas de sus ojos. Allí estaba la moza en cuerpo y alma, y allí la veía él con su cara redonda, colorada y fresca; con su mirar parletero y su boca risueña; con sus caderas macizas que retemblaban al andar; con su seno profuso y sus hombros anchos y fornidos; limpia como los oros, y un brazo de mar para el trabajo. Por eso, y no más que por eso, la tenía él pintiparada en los ojos, y más adentro también, y no por el cuarto de casa y la media res y los seis carrucos de tierra que pudieran tocarla «en el día de mañana,» porque su padre lo tenía y era hombre de arreglo que sabría mirar por ello, como había mirado hasta entonces; por eso, por limpia y maja y trabajadora la quería él. ¡No más que por eso! Él no era cubicioso ni cosa alguna que lo pareciera; y por estar bien á la vista, y por no tener vicios y aborrecer el aguardiente y ser apegado al trabajo y fiel de palabra y obra, y algo por ser hijo de quien era, se le abrían las puertas de aquella casa, que estaban cerradas para otros; y el padre le miraba «de buen aquel;» y Pilara no digamos, que «hasta le jalaba de la lengua;» y la madre, poco menos, y los demás, «cuasi pa el cuasi.»
Todos eran á estimarle allí, y hasta su padre le empujaba hacia ello; y él conocía estas cosas, porque ciego había que ser para no verlas, y lo deseaba más que nadie... ¡Coles, si lo deseaba! ¡Y «con todo y con eso,» llegado el caso de hablar... «lo mesmo que un murio de paré!;» y para ayuda de males, mientras no hablara, aun con saber lo que sabía, hasta las botaratadas de Quilino le amargaban la borona y le quitaban el dormir. Su padre había querido sacarle del ahogo más de dos veces hablando por él; pero él no lo consintió, porque no era «de hombres como Dios manda, consentir que otros arreglen esas cosas.» Y al ver cómo se iban poniendo las suyas y que la paciencia se le acababa, llegaría pronto la necesidad de decidirse á renunciar á ellas, ó de ponerlas en manos de su padre. Y entonces... «¡coles, recoles! ¡otro que tal no se habría visto ni se veía en jamás de los jamases!»
Cavilando de esta suerte y andando á buen andar por los callejos del barrio, llegó á la portalada de «ese hombre.»