—¿Qué has de emportunar, hombre? ¿Pus á qué estamos unos y otros?

—Eso me paece á mí.

Y como después de estas palabras no rompiera á hablar en un buen rato, le echó un remolque Pilara con estas otras:

—Ahora, tú dirás.

Pero ni por esas se dejaba llevar el mocetón hacia donde sus deseos le empujaban y la misma Pilara pretendía. Juzgaba perdida la ocasión en el último paréntesis de silencio, y sospechaba que había de tomarse á risa su retrasada declaración. Hay hombres así en aquel rústico lugar y en otros harto más cultos, porque en una y otra parte, con calzones de paño pardo ó con levita de sedán, el puntillo exagerado toma á menudo trazas de cobardía; y luégo sucede que al querer conducirse como prudente, es cuando resulta ridículo.

—Conque tú dirás,—repitió Pilara observando que Pedro Juan continuaba callado, pero no en sosiego.

—Pos quería preguntarte—dijo al fin el Josco,—si por casualidá sabes tú... si estará en casa ese hombre.

Sonrióse Pilara y respondió:

—Pienso que sí, porque en la solana le ví endenantes.

—Enestonces... voy pa-llá.