Le llamaron desde adentro, le brindaron con un cigarro y un poco de conversación, en muestra siquiera de la estima del regalo, que le pusieron en las nubes... «pior que pior.»
—¡Coles!—pensaba el Josco mientras se apartaba del goterial.—Si entrara, tendría que decir algo, y por ello me lo conocerían; y conociéndomelo entre tantos, me moriría allí mesmo de repente.
Y se alejó algunos pasos de aquella casa en dirección á la otra. Pero iba avergonzado de su propia cobardía y remordido por la pérdida de una ocasión como no volvería á cogerla; y tanto le abrumaron la vergüenza y los remordimientos, que retrocedió decidido á hacer una valentía, costárale lo que le costara.
De dos zancadas se plantó otra vez en el corral, que era abierto; y cubriéndose todo el cuerpo con la esquina de la casa, asomó un poco la cabeza dentro del portal y llamó con voz apagada y algo temblona:
—¡Pilara!
Conocióle ésta y salió corriendo al goterial.
—¿Me llamabas, Pedro Juan?—le preguntó muy afable.
—Pienso que sí,—respondió el Josco atarugado otra vez y empezando á arrepentirse de su valentía.
—Bueno... Pus aquí me tienes.
—Échate un poquitín más á esta banda del esquinazo... ¡Así!... Digo, si no emportuno...