—Pos yo vengo—dijo Pedro Juan,—al auto de llevar esto á ese hombre.
Y señalaba con la mano libre á la mayor sarta de peces.
Pilara se agachó un poco para verlos mejor; y entonces, libre él de los ojos de ella, que tanto le avergonzaban, atrevióse á echarla encima del cogote estas palabras:
—Si tú quisieras quedarte con esto otro... digo, no ofendiendo.
Y señalaba con el dedo á la sarta chica, mientras el corazón le daba en el pechazo cada golpe que le atolondraba.
Palpó la mocetona los peces, que le parecieron de perlas, y estimó la cortesía en mucho más. En prueba de ello, no aguardó á que él le diera la velorta, pues se la quitó de la mano.
—¡Vaya que son cosa güeña!—exclamó Pilara levantando la sarta hasta los ojos.
—Lo mejor que hubo en la ré,—se atrevió á decir Pedro Juan, con un poco de entusiasmo.
Hasta aquí, iba saliéndole á éste tal cual el empeño, y aun entreveía la posibilidad de que, enredándose el tiroteo, llegara él á cantar de plano; pero acertó Pilara á llamar la atención de la gente de su casa, que estaba en el fondo del portal riendo todavía y comentando el berrinche de Quilino; y aquí fué el desmoronarse de golpe el valor de Pedro Juan, el ponerse colorado de vergüenza, el tronarle los oídos y hasta el temblarle las piernas.
—Vaya—dijo resuelto á salvarse en la huida:—á más ver.