Comenzaba á lucir la luna, en el cielo no había una sola nube, y la noche picaba un poco en calurosa; por todo lo cual la gente del barrio andaba á aquellas horas solazándose, tendida sobre las mullidas del corral, murmurando á la puerta de casa, ó de tertulia en la solana, según los gustos ó los medios de cada familia: en cualquiera parte menos en la cocina y en la cama.

Pedro Juan, que al asomar al barrio comenzaba á temer que le faltara resolución para entrar en casa de Pilara con el regalo, por lo mismo que jamás le había hecho otro, tuvo la fortuna de encontrarla junto al goterial, al pasar por allí como pudo pasar otro cualquiera, pues que era camino para ir adonde iba él. Las «buenas noches» se podían dar sin segunda intención al mayor enemigo, cuanto más á una buena moza; y él se las dió á Pilara, casi sin cortarse, y pensando al mismo tiempo que después de dar, por casualidad, las buenas noches á cualquiera, se le puede brindar con todo ó con parte de lo que se lleve en la mano, sin que esto quiera decir más que «lo que de por sí dice ello mesmo.»

Y eso iba á hacer Pedro Juan, cuando notó que en el fondo del soportal había gente; y, por de pronto, se le atascó el brindis en los gañotes. Y uno de los del soportal era «por casualidad» Quilino; Quilino, que no había hallado en casa á Pilara cuando, de vuelta de la ría, con tanto empeño fué buscándola, y acababa de llegar entonces, por tercera vez, y sólo esperaba á tomar resuello sentado sobre el cocino de picar escajos, para saldar sus cuentas con ella delante de toda la familia; porque él era mozo que no se paraba en barras de poco más ó menos, y el saldar cuentas de aquella traza, la comezón que se lo echaba todo á perder. En cuanto vió que la moza daba cara, y cara de risa, á Pedro Juan, que se había plantado delante de ella como caído de las goteras, se levantó del cocino de repente, se dió sendos puñetazos en las nalgas, golpeó la pared con el pajero que se quitó de la cabeza; y después de mirar torcido á la pareja del goterial y de batir mucho las mandíbulas, salió disparado á la corralada, bufando más bien que diciendo, pero de modo que todos lo oyeran:

—¡Recongrio! ¡Esto no se puede aguantar, y aquí va á haber una barbaridá de espanto el día que menos!

El Josco no le hizo caso; pero los demás, incluso Pilara, le rieron de firme la corajina. Lo mismo que en la red; y con sólo caer en ello, iba Quilino que ahumaba por aquellos bardales afuera.

Pedro Juan, escondiéndose, digámoslo así, en aquel poco de algazara que se armó en el portal, atrevióse á decir á la moza, que no le quitaba ojo:

—Paece que se toma la luna, ¿eh?

—Ya se ve que sí—respondió Pilara.—De lo que no cuesta, llenemos la cesta. Y con eso y sin eso se sale una á cielo raso muchas veces, por no ver de cerca lo que hay á subio en el portal.

Que esta saeta iba á Quilino, puede afirmarse; mas que la pescara Pedro Juan, ya es más dudoso, porque lejos de darse por entendido, se quedó hecho un madero. Viéndole así, añadió Pilara partiendo con los dientes pedacitos de un junco de la mullida del corral:

—Muy tarde andas tú por estos barrios. ¿Qué tripa se te ha roto en ellos?