—¿Quién llama?—le respondió al momento desde arriba otra voz, por cuyo timbre desagradable no hubiera conocido un extraño si era de hombre ó de mujer.
—¡Gente de paz!—replicó el Josco maquinalmente, y no de muy buena gana, á juzgar por la cara que puso.
—¿Quién es?—volvió á decir la voz de arriba acercándose hasta lo alto de la escalera.
—Yo... Pedro Juan,—respondió la de éste.
—¡Ah... eres tú!—exclamó entonces la otra voz.—Y ¿qué traes, qué traes á estas horas?
—Esto traigo,—respondió ásperamente el Josco, como si desde allá dentro pudiera verse lo que él zarandeaba en la mano.
—Pues ¿qué haces ahí parado? Desdá la estorneja si está echada, y ¡sube, hombre, sube!
—Es que—replicó Pedro Juan,—si me lo tomaran aquí, sería mejor, porque vengo deprisuca y se va hiciendo tarde.
—¡Te digo que subas, y no seas meleno!
Acogió el mozo con un reniego el mandato; y después de golpear la media puerta con los peces, metió el brazo derecho por encima de ella, volvió la estorneja (taravilla) que la mantenía cerrada, y entró. No se veía chispa en el estragal ni en la escalera; subióla á tientas, porque ya la conocía, y en lo alto de ella le esperaba un bulto negro, más negro que la obscuridad, con una mancha blanca á cada lado; el cual bulto le dijo, con la voz de antes: