—Sube, sube... y vente á la cocina á dejar eso... que ya presumo lo que será.

Al llegar Pedro Juan arriba, el bulto negro con las dos manchas blancas se internó en un carrejo obscuro, á cuyo extremo y á la mano derecha se veía un rayo de luz que salía por una puerta. El Josco siguió al bulto, con los brazos extendidos y pisando á plomo por precaución muy cuerda, y así llegaron los dos á la cocina, cuya era la puerta por donde salía el rayo de luz, y en ella entraron.

El bulto negro con manchas blancas resultó ser (no para Pedro Juan, que bien conocido le tenía desde que le oyó hablar, sino para el lector, que se halla en muy distinto caso que el hijo de Juan Pedro); resultó ser, repito, «ese hombre,» el cual estaba en mangas de camisa, como siempre que apretaban un poco los calores; y eso que no era robusto ni joven, sino todo lo contrario, amojamado y sesentón, de poca talla además y algo encorvado; pero como decía Juan Pedro hablando de la madera de este sujeto: «es de la veta del tejo, que una vez que medró, ya no la parte un rayo.» Tenía la boca grande y los ojos chicos, los labios delgados y la mirada sutil y algo truhanesca, lo cual daba al conjunto de su fisonomía una expresión que no resultaba antipática. Entonces llevaba una badila en la mano.

—Recoge esto que trae Pedro Juan—dijo á una mujer, ya bien madura y poco aseada que trajinaba allí, después de mirar bien de cerca y hasta de oler y palpar lo que Pedro Juan traía en una de las manos.—Pero, hombre—añadió en seguida, disponiéndose á recoger él mismo la sarta de pescado,—yo no sé á qué os cansáis en ser tan cumplidos conmigo tú y tu padre. Si ya os he dicho...

—Pues si usté no lo quiere, me lo volveré á llevar,—respondió secamente el mozo, atenazando de nuevo la velorta, que casi estaba ya en manos del sujeto vestido de negro y en mangas de camisa.

—Hombre, no lo digo por tanto—repuso éste, tirando de la velorta y quedándose al fin con ella.—Toma, toma, Romana, hazte cargo de esto; y si puede ser, echa á la sartén el rodaballo para cenar esta misma noche. Cabalmente me alampo yo por los rodaballos... ¡Pues no te digo nada Inés!... Como que voy á llamarla para que lo vea.

Y salió á la puerta de la cocina, gritando allí muy recio, mientras Romana tiraba los peces encima de una mesa:

—¡Inés! ¡Inés!

Luégo, volviendo hacia Pedro Juan, que ya quería largarse de allí, le dijo:

—Aguárdate un poco, hombre; no seas tan súpito. Tú querrás tomar algo.