—No, señor.

—Medio vaso de vino...

—No lo uso: ya lo sabe usté.

—Es verdad... Pues una copa de aguardiente.

—Mucho menos...

—Cierto es también: ya no me acordaba... Pues no sé qué darte, mira.

—Y ¿por qué ha de darme cosa alguna, ni qué cosa he pedido yo?—respondió seca y bruscamente Pedro Juan.—Lo que quiero es volverme á mi casa, si no hago falta aquí, porque ya es tarde.

En esto entró Inés en la cocina. Aunque iba en chancletas y despeinada y con un vestidillo de percal, bastante lacio, y una pañoleta de seda descolorida, echada sobre los hombros de cualquier modo, transcendía desde luégo á buena moza, y lo era de verdad; y observándola mejor, bajo aquel desaliño que acusaba en ella cierta dejadez poco simpática, había algo más que una zafia labradora, aunque no llegara, ni con mucho, á una dama de buena educación. Su cuerpo era esbelto, gallarda y ricamente conformado; sus manos, de la más fina traza, y su cara morena, de menuda y fresca boca, nariz algo aguileña y ojos negros y de mirar perezoso, si no reflejaba en su expresión todo el encanto que suelen dar de sí estas prendas esculturales en otras mujeres, más que en ausencia de vida y de sentimientos, parecía consistir en la falta de asunto en que emplearlos, ó de un hábil artífice que hubiera sabido dar luces á las facetas opacas de aquella piedra tan ricamente formada por la naturaleza.

Pedro Juan la dió las buenas noches con toda la cortesía y la mayor dulzura que cupieron en su rudeza natural, y ella contestó con las mismas palabras y media sonrisa que las sazonó muy sabrosamente.

—¡Mira, mira qué hermosos peces!—le dijo su padre, pues lo era, aunque parezca mentira, el sujeto vestido de negro, en mangas de camisa y con una badila en la mano.