Inés los miró y hasta los fué levantando por la cola uno por uno, muy perezosamente y con cara de disgusto, y repitió los elogios de su padre; y por último (el arrastrado oficio obliga á decirlo todo, aunque mucho de ello se diga de mala gana), se limpió los dedos resobándolos contra su vestido á la altura de las caderas.

Mientras esto acontecía, «ese hombre» preguntaba á Pedro Juan:

—¿Y serán, naturalmente, de la ré de esta tarde?

—De la mesma,—respondió el otro.

—Y ¿qué tal, qué tal ha estado la ré?

—Pos así... tal cual.

—Vamos, una arroba en limpio, como quien dice.

—¡Si ello pasara de media dempués de rebajar eso que está ahí!...

—Echémosle quince libras... Á peseta una con otra, tres duros mal contados... No es cosa mayor; pero tampoco tan mala que digamos para jornal de una tarde. ¿Qué tal andáis ahora de apuros?

—Como siempre... Semos dos á ganar poco, y son los mil y quinientos á jalar de ello... De modo y manera, que con una mano se coge y con otra se da... Conque, á más ver, que es tarde y mi padre me espera.