Y con esta despedida y una cara muy fosca, salió Pedro Juan de la cocina. El padre de Inés le siguió; y al llegar el primero á la puerta de la escalera, le dijo el segundo:
—Lo de los apuros, no lo he dicho por los que pueda tener tu padre conmigo; pero ya que salieron á relucir, bueno sería que le recordaras el olvido en que me tiene tiempo hace sobre ese particular. Los atrasos son como las enfermedades, que si dan en caer unas sobre otras, acaban por matar al enfermo. No te diré que me llame á la parte en esos tres duros de la ré de hoy, aunque bien pudiera; pero si dan en pintar bien las siguientes... en vosotros está el corresponder como es debido, sin que yo lo pida.
No vió el sujeto que así hablaba la impresión que iban haciendo sus palabras en el temperamento bravío del hijo del Lebrato, porque el carrejo continuaba á obscuras; pero, en cambio, sintió retemblar aquella parte de la casa tras una recia patada en el suelo, y oyó que la voz enronquecida é iracunda de Pedro Juan le dijo:
—¡Sin que usté lo pida!... ¿Y qué ha de pedirnos? ¿Qué le queda ya por pedir, ni á nusotros que darle, si no es la pura entraña, coles? ¿Quiérela tamién? Pos pídala por la Josticia, siquiera por ser lo único que tenemos que no sea ya de usté... ¡recoles!
Y se largó escalera abajo, echando por la boca rayos y centellas, á media voz. Al llegar al corral, oyó que le decía el otro desde la solana:
—No seas bruto, Pedro Juan: toma las cosas como es debido, siquiera por la cuenta que os tiene... y dile á tu padre que cuando pueda se dé una vuelta por acá, que tengo que hablarle... ¡No es de eso, hombre, no es de eso! ¡No te encalabrines otra vez! Es cosa muy diferente... Pero que no es de urgencia, que no es de urgencia: cuando buenamente pueda, que lo primero es lo primero... Ahora, á las redes mientras hay mareas al caso y den el jornal, como la de hoy.
Pedro Juan, que se había detenido unos momentos para oir el recado de «ese hombre,» pero sin volver la cara hacia él, por toda respuesta á sus amonestaciones echó á andar hacia la calle, levantó el pestillo, salió; y cerró la portalada con tal ímpetu y estruendo, que tembló el tejadillo y ladraron todos los perros de la vecindad.
Al tomar la calleja de la izquierda, por la cual había venido de casa de Pilara, se encontró tope á tope con el médico don Elías, á quien él estimaba mucho por su «buen genial» y otras prendas que se irán viendo en el curso de este libro. Don Elías, que se perecía por echar un párrafo á cualquier hora y aunque fuera con los jarales del monte en defecto de cosa mejor, y también porque presumió de dónde salía Pedro Juan, le detuvo plantándosele delante con las manos cruzadas sobre los riñones y diciéndole:
—Apuesto una oreja á que sé de dónde vienes... hasta por la cara que traes.
—No está malo de acertar—respondió el Josco, que nunca como en aquella ocasión mereció el mote.—Yo no piso en jamás esta calleja, si no es pa eso... pa quemame la sangre, y pa condename, vamos.