—Te digo, Pedro Juan, que de esa cueva no saca nadie cosa mejor. Yo tenía que verle para un asunto que puede interesarle mucho; y con todo y con ello, hace ya días que lo voy dejando por no tratar con él.

—Pos si se viera usté en nuestro caso, que por buenas ó por malas tuviera que apechar... ¡coles!

—¿Quiere decir que hoy te ha recibido mal?

—Talmente mal, no, señor; pero es lo mesmo en finiquito.

—Entendido; es su modo de ser: ni palabra mala ni obra buena.

—¡Eso... eso mesmo!

—¡Si conoceré yo al Berrugo!—exclamó aquí con fruición el bueno de don Elías, que tenía el prurito de cazar muy largo y aun de entender de todo y de dar siempre en el hito, y especialmente de murmurar hasta de las estrellitas del cielo.—Pero, hombre, lo que parece increíble es que un sujeto de la calidad de ese, consienta lo que consiente en su propia casa y se exponga á lo que se expone...

Y como Pedro Juan no mostrara señales de apurarse por conocer lo que dejaba apuntado don Elías, éste, tras un breve rato de silencio, continuó así:

—Pero, por otra parte, considera uno que esas cosas suceden por permisión de Dios para castigo de ciertos pecados gordos, y ya no hay razón para extrañarse de nada.

Pedro Juan continuaba oyendo y sin decir una palabra.